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¿Qué es la electrosensibilidad?

Desde los años cuarenta del siglo pasado se conoce en el ámbito médico la influencia en la salud de determinadas radiaciones no-ionizantes, pero es en las últimas décadas, especialmente desde el despliegue de la gigantesca red de antenas de telefonía móvil, que esta enfermedad silenciada ha llegado a cotas pandémicas.

Desde la aparición de los primeros ordenadores, muchos usuarios sufrieron síntomas anómalos durante su uso y posteriormente. En principio se calificó como un suceso psicológico. Pero pronto se descartó esta hipótesis y se comprobó que un porcentaje de los usuarios padecían una especial reacción nociva que tenía unos mismos síntomas aunque fuesen diversos y se les manifestasen unos u otros individualmente. Inicialmente se comprobaron una serie de sensaciones relacionadas con calor, irritación y sarpullido en el rostro, así como cosquilleo, picores o pinchazos en la piel, sequedad e irritación ocular y las vías respiratorias, dificultad para concentrarse, vértigo, pérdida de memoria y de la orientación, dolores de cabeza, náuseas, fatiga, dolores musculares y articulares, alteraciones cardiacas, síntomas de gripe, sin padecer gripe, etc.

A los afectados por las líneas eléctricas y los transformadores, se fueron uniendo los usuarios de electrodomésticos y nuevas tecnologías, hasta que llegó la gota que colmó el vaso y desencadenó el estallido generalizado de la enfermedad silenciada en el ámbito mundial: la telefonía móvil, y a continuación todas las tecnologías inalámbricas: teléfonos inalámbricos, wifi, etc.

La electrohipersensibilidad es un síntoma de advertencia de que un organismo está llegando al límite de su tolerancia, y que cada vez más personas desarrollan tras un tiempo de exposición a las radiaciones. Sin embargo, otras personas no presentan una sintomatología tan aguda, pero eso no quiere decir que no puedan desarrollar una grave enfermedad como cáncer y muchas otras, tal como iremos viendo, aunque no haya habido síntomas previos.

Sin embargo, aún en la actualidad, tras muchos años de verificación dentro del ámbito de la medicina científica, muchos médicos aún no están familiarizados con la sintomatología de los afectados por los campos electromagnéticos. Esto es debido a la falta de información y al oscurantismo mediático y normativo existente en todo lo relacionado con las radiaciones y sus efectos sobre la salud.

De esta forma, las verdaderas causas que llevan a muchos pacientes a las consultas acaban siendo diagnosticadas erróneamente: “hipocondriacos” y “neuróticos” son algunos de los calificativos de aquellos que padecen una enfermedad puramente orgánica, reconocida por la Organización Mundial de la Salud (OMS). De hecho, durante la reunión de la OMS en Ginebra, que se celebró el 13 de mayo de 2011, se creó un subcomité para discutir sobre la sensibilidad química múltiple y la electrosensibilidad, situando a estas dos patologías dentro de la Clasificación Internacional de Enfermedades (ICD).

Buena parte de estos síntomas están relacionados, tal como indica un buen número de investigaciones científicas, con una exposición a campos de extremada baja frecuencia y de alta frecuencia, que puede provocar el desencadenamiento o la acentuación de alteraciones en la conducta y síntomas depresivos, estados en los que se encuentran trastocados los ciclos de melatonina y de serotonina.

La modificación de los niveles hormonales de melatonina —provocada por la inhibición de esta hormona ante la exposición a campos electromagnéticos— puede causar, en un principio, trastornos en el sueño, así como también puede ser origen de estados depresivos o desórdenes afectivos. Asimismo, conlleva una reducción de la capacidad intelectual y de trabajo, provocando estrés, ansiedad, fatiga y, en general, trastornos neurológicos y psicológicos que conllevan un elevado riesgo de suicidio, así como enfermedades psicosomáticas como son la úlcera gástrica y ciertas disfunciones sexuales. Asimismo, estas perturbaciones de la glándula pineal se asocian con enfermedades como el cáncer.

En realidad la radiación es la “enfermedad”, que se manifiesta de diferentes maneras: electrosensibilidad y un amplio abanico de síntomas y trastornos orgánicos. De hecho, en estos casos, si no hay radiación, no hay enfermedad.

Todos somos electrosensibles, de la misma forma que todos somos sensibles al arsénico (arsénicosensibles) o a los pesticidas (pesticidasensibles). Sólo que si todos tomamos una misma dosis de arsénico o de pesticidas, unos no notarán en principio nada, otros padecerán síntomas moderados o severos y otros morirán.


¿Cómo se produce la electrosensibilidad?

Actualmente está ampliamente demostrado que los campos electromagnéticos interfieren los procesos biológicos de todos los seres vivos. El número de investigaciones científicas en dosis atérmicas que lo prueban es inmenso. En la actualidad, las investigaciones sobre efectos biológicos de los campos electromagnéticos han dado más de 25.000 publicaciones científicas, según datos de la Organización Mundial de la Salud.

Según los resultados de estos estudios, cualquier fuente emisora de campos electromagnéticos desde bajas frecuencias de líneas eléctricas, transformadores, ordenadores, aparatos eléctricos, etc., a las altas frecuencias de la telefonía móvil, wifi, teléfonos móviles e inalámbricos, etc., puede provocar reacciones orgánicas anómalas de gran repercusión en la persona expuesta, desde malestar general, cambios de comportamiento (depresión, ansiedad, pérdida de memoria, incapacidad para concentrarse…), fatiga crónica, insomnio, fibromialgia, vértigo, náusea, dolores de cabeza, fatiga, presión en el pecho, zumbidos en los oídos, etc.

Las personas con un sistema inmunológico deprimido (enfermos, ancianos…) o en desarrollo (niños) son especialmente sensibles a los campos electromagnéticos y pueden desarrollar trastornos médicos tales como infecciones respiratorias crónicas, arritmias cardiacas, fluctuaciones súbitas en la presión sanguínea, descontrol en el azúcar en la sangre, deshidratación, etc., pero en general cualquier persona puede sensibilizarse si está expuesta de forma intensa y/o prolongada a radiaciones electromagnéticas.

Charles Graham, del Midwest Research Institut de Kansas (Missouri, Estados Unidos), trabajó con voluntarios sometidos a campos eléctricos pulsantes de extremada baja frecuencia generados en su laboratorio. Cada vez que accionaba el campo se constataban variaciones del ritmo cardíaco de tres latidos menos por minuto, cambios en la actividad cerebral, así como pérdida parcial de la capacidad de reacción o del tiempo cronológico, ocasionando un descenso del tiempo de respuesta y una menor capacidad en la ejecución del test propuesto. Todos estos síntomas, desaparecían al eliminar el campo que incidía sobre los voluntarios. Si bien los síntomas pueden remitir una vez cesa la exposición, recordemos que los efectos de los campos electromagnéticos son acumulativos, y con el tiempo pueden aparecer los trastornos que de ellos suelen derivarse.

Cuando la estancia en lugares con elevados valores de radiación electromagnética se prolonga, ocurre una especie de intoxicación y una posterior reacción alérgica a campos electromagnéticos que, en muchos casos, se vuelve crónica y difícil de combatir, dado el alto nivel de polución electromagnética en el cual se desenvuelve la vida de las personas hoy en día, especialmente en los núcleos urbanos.

Incluso otras personas acaban siendo extremadamente sensibles a los campos electromagnéticos, y para eliminar sus trastornos, se ven obligadas a vivir alejadas de antenas de telefonía móvil, líneas de transporte de energía y transformadores eléctricos. Claro que, aun padeciendo un gravísimo problema, han podido acceder a la información para poder adoptar las medidas oportunas al conocer la relación existente entre sus trastornos y la exposición a campos electromagnéticos artificiales. El gran problema de muchas otras personas radica en que no saben de dónde vienen sus dolores y padecimientos. Simplemente se encuentran mal y acuden a un sistema sanitario que tampoco puede darles una respuesta adecuada.

Hay personas que han llegado a tener que vivir en sótanos y en cuevas para evitar los dolores que les generan las radiaciones en su medio ambiente. Son personas perseguidas por las radiaciones y por la ceguera de una sociedad que vive de espaldas a los verdaderos problemas y se deja llevar hacia el abismo por los cantos de sirena de intereses mercantiles. Muchas de estas personas, invisibles para la gran mayoría, sólo pueden salir de sus casas con ropa apantallada e incluso con velo de fibras metálicas para impedir que las radiaciones lleguen a su cuerpo o al menos que se atenúen para ser mínimamente soportables.

Es urgente la creación de zonas de exclusión de radiaciones, donde quienes no deseen estar sometidos a ellas puedan vivir de forma aceptable.


¿Quiénes pueden ser electrosensibles?

La respuesta a quiénes podemos ser electrosensibles es: todos. De hecho, todos somos electrosensibles. Cierto es que hay distintos niveles de electrosensibilidad. Muchas personas apenas perciben síntomas evidentes, pero otras sienten que cualquier exposición a fuentes electromagnéticas les provoca una inmediata reacción en su organismo, hasta tal punto que llegado un determinado grado de afectación, es realmente difícil revertir los síntomas cuando se está expuesto aunque sea a una dosis mínima.

Cuando se ha permanecido expuesto por largo tiempo a campos electromagnéticos o existe una predisposición natural, la persona se hace muy sensible a las frecuencias a las que ha estado expuesto inicialmente, por ejemplo, a las de las antenas de telefonía. Posteriormente, y a medida que avanza el síndrome, la persona se va haciendo sensible también a otras fuentes emisoras de radiación electromagnética; por ejemplo, frecuencias más bajas, como las de las líneas eléctricas o los transformadores.

Por todo ello, la mayoría de las veces cuando el paciente electrosensible entra en una consulta médica con una serie de síntomas más o menos precisos, se le envía de un especialista a otro dando palos de ciego. En esta situación, no se encuentra la causa y se trata al paciente de diferentes síntomas sin lograr atajar la causa, y la persona va viendo cómo se agravan sus trastornos al no dar con la prevención, el entorno y los hábitos adecuados.

El paciente acude al médico en busca de una solución a sus trastornos del sueño, a la fatiga crónica, a sus cambios de comportamiento, ansiedad, estrés, depresión o infecciones recurrentes y no encuentra una solución efectiva, y tras ir de terapia en terapia, acaba siendo tratado como si padeciese trastornos psicosomáticos, y su entorno empieza a verle como un hipocondriaco o un indolente, y empieza a tener problemas con el trabajo, los estudios o las relaciones sociales.

Hay personas electrosensibles, que progresivamente se van sensibilizando a las radiaciones, y personas hiperelectrosensibles, a las que cualquier dosis por pequeña que sea les afecta de forma insoportable. Tanto es así, que se han dado casos de suicidio debido a la falta de reconocimiento de su problemática por parte de los responsables sanitarios y políticos, que hubiesen podido solucionar el problema con la aplicación de terapias paliativas dentro del sistema médico, con la reducción de los elevados valores actuales en el medio ambiente y con la creación de zonas limpias de radiaciones.

Es obvio que la electrosensibilidad no está relacionada de forma alguna con trastornos psicosomáticos, psicológicos o psiquiátricos. Aunque sí es cierto que sufrir electrosensibilidad conlleva una reducción de la calidad de vida, tanto en el aspecto físico como emocional. Actualmente, según diferentes fuentes, incluyendo a la Organización Mundial de la Salud, se considera que la tasa de personas electrohipersensibles en los países industrializados se acerca al cinco por ciento de la población y que va aumentando exponencialmente. Sin embargo, el número de personas electrosensibles es muy superior. Según las conclusiones que he podido obtener durante años de estudio e investigación, puedo asegurar que actualmente el cien por cien de la población es electrosensible.

Lo único que hay que evaluar es el grado de electrosensibilidad. Es obvio que en una primera fase la mayoría de nosotros no notamos ningún síntoma evidente, otros sienten trastornos pasajeros, y según el doctor Joaquim Fernández Solá, Coordinador de la Unidad de Fatiga Crónica del Hospital Clínico de Barcelona, el número de españoles que manifiestan una sensibilidad a los campos electromagnéticos, con síntomas como reacciones de la piel, dolor en el pecho, pérdida de memoria, mareos, acúfenos, náuseas, nerviosismo, ansiedad, cansancio o dolor de cabeza podría llegar a cuatro millones.

Partiendo de esta evidencia, y debido a los mecanismos fisiológicos que desencadenan esta enfermedad, podemos asegurar que todos somos electrosensibles en mayor o menor medida. Es realmente notable, y al mismo tiempo revelador, que una de las agresiones a la salud más extendidas en el mundo moderno y que es una de las más potentes copromotoras de muchas enfermedades, sea al mismo tiempo la más desconocida por la sociedad en general. La línea entre una persona aparentemente no sensibilizada a las radiaciones y una reconocida como electrosensible es realmente fina, al igual que entre una electrosensible y una electrohipersensible. La diferencia, en estos últimos casos, radica en que la vida de los afectados se vuelve un verdadero tormento al no poder encontrar apenas lugares libres de radiación. Las cifras de afectados que se barajan oficialmente están obsoletas y no tienen en cuenta más que los casos extremos de personas que no pueden vivir en un entorno en el que haya una mínima dosis de radiación artificial.

El Observatorio de la Contaminación Electromagnética de Estados Unidos afirma que el porcentaje de la población estadounidense que padece electrosensibilidad es de un 10%. En Europa las cifras que se manejan oficialmente en distintos países, caso de Suecia, comienzan a acercarse a ese porcentaje, aunque en España las autoridades políticas y sanitarias mantienen un silencio absoluto, como si el problema no existiese, y más cuando estos porcentajes se elevan peligrosa y progresivamente. Precisamente por ese silencio sanitario y la falta de reconocimiento político de la problemática, multitud de enfermos están siendo tratados erróneamente, con el riesgo que esto supone para su salud y el gasto sanitario innecesario que conlleva, especialmente en el ámbito de la fibromialgia, fatiga crónica, trastornos del comportamiento y del sueño, etc.

Aunque todos somos electrosensibles, hay un porcentaje de la población que presenta síntomas inmediatos y evidentes ante la exposición a campos electromagnéticos. En el ámbito científico se estima que este porcentaje es superior a un 10%. La Declaración de París consideraba en el 2007 que las poblaciones vulnerables equivalían entonces a un 40-50% de la población total. Los especialistas y expertos aseguran que estos porcentajes pronto se elevarán, y que más de una cuarta parte de la población estará altamente electrosensibilizada, y que para el 2020 la mayoría de la población padecerá no sólo los riesgos inherentes de contraer determinadas enfermedades y trastornos en un plazo medio o largo, sino que de forma instantánea sentirá en su organismo cada nueva exposición en diferentes formas: mareos, pérdida de concentración, decaimiento y malestar general, enrojecimiento de la piel, eccemas, alergias frecuentes, sensación de escozor, picor, sequedad de las vías respiratorias superiores o irritación de los ojos, sensación de gripe, inflamación de las mucosas, indigestión y trastornos intestinales, alteraciones en la temperatura corporal, calor anormal o quemazón, dolores musculares, sensación de hormigueo y parestesias, inflamación de nódulos linfáticos, problemas gastrointestinales y renales, dolores de dientes y mandíbula, etc.

En Suecia, la cifra oficial de afectados asciende a 290.000, aunque la cifra real es mucho mayor, al igual que en nuestro país. En España aún no existe este reconocimiento oficial de la electrosensibilidad. Sin embargo, en España los juzgados van por delante de las leyes, y en el año 2011 reconocieron la incapacidad laboral permanente de una trabajadora por hipersensibilidad electromagnética y ambiental. De hecho, Suecia ha sido el primer país en reconocer la electrosensibilidad como enfermedad laboral y, por tanto, como motivo de baja laboral por invalidez física.

Gracias al trabajo del neurocientífico sueco Olle Johansson y su equipo del reputado Instituto Karolinska de Estocolmo, la electrosensibilidad ha sido reconocida oficialmente en Suecia como una discapacidad, e incluso se dan ayudas económicas a los afectados para que apantallen sus casas de los campos electromagnéticos.

Aun así, en el ámbito sanitario no es fácil aceptar esta enfermedad, ya que ningún tratamiento puede tener éxito a menos que el paciente evite estar expuesto a la causa de su enfermedad, y por desgracia esta causa hoy en día se encuentra prácticamente en cualquier lugar. Lo que en otros países está claramente tipificado como una enfermedad relativa a la exposición a campos electromagnéticos, en España se trata a los afectados (cuando se les trata) de las más diversas dolencias, como es la fibromialgia o el síndrome de fatiga crónica con las que comparte un amplio abanico de síntomas. Aunque una persona que padezca fibromialgia o síndrome de fatiga crónica tiene altas probabilidades de que sus padecimientos estén relacionados con la exposición a radiaciones artificiales.

Dentro de la medicina sanitaria, hay que considerar las características de cada organismo: en el caso humano los niños son más susceptibles debido al modo en que absorbe su cuerpo la radiación y a los efectos que en él se producen.

A la vista de los resultados de los estudios científicos, se constata que los niños son especialmente sensibles a la exposición electromagnética artificial. Habría que evaluar el nivel de riesgo al que están sometidos en las escuelas y guarderías, y buscar las soluciones oportunas, para reducir al máximo las dosis que reciben.

Quizás esta sensibilidad especial de los niños a las radiaciones electromagnéticas, derive de la mayor velocidad en la división celular durante las etapas del desarrollo orgánico, lo cual favorece la acción mutágena y el posterior desarrollo tumoral, especialmente cuando están expuestos a la acción de dichos campos electromagnéticos.

Por lo que podemos afirmar que los niños son hipersensibles a los campos electromagnéticos. Las mujeres parecen tener una mayor predisposición a padecer efectos adversos ante las radiaciones y la toxicidad química. Concretamente, según el estudio “Las propiedades eléctricas medidas en tejidos humanos normales y malignos de 50 a 900 MHz” de Joines, Zhang, Chenxing y Jirtle, en 1993, los tumores de cáncer de mama son especialmente sensibles a las microondas porque las células tumorales de mama absorben la radiación de radiofrecuencia mucho más que otros tipos de cáncer de células o tejidos sanos.



Extraído del libro:
 
"La enfermedad silenciada"
Raúl de la Rosa
Responsable de Contaminación electromagnética
Fundación Vivo Sano

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