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Electrosensibilidad

La primera vez que notas claramente las ondas de un router wifi o de un teléfono móvil sientes que tu vida se ha convertido en una película de ciencia ficción porque no puedes creer lo que estás experimentando.

Durante un tiempo deseas y esperas cada noche que al día siguiente todo haya cambiado y que lo que está sucediendo cese milagrosamente. Pero al día siguiente todo sigue igual o peor, y la realidad acaba, muy a tu pesar, con tu incredulidad.

 
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Yo descubrí cómo me afectaba la radiación de las ondas wifi en la sala de profesores de mi instituto, donde durante cinco años tuvimos un equipo de wifi D-link, modelo DWL3200AP (no el tipo de modelo que usted tiene en casa sino uno muy potente, como indica la propia compañía que lo fabrica). El equipo había sido utilizado originariamente para dar servicio a unas aulas prefabricadas, pero, tras la reforma del instituto y la desaparición de estas aulas, fue instalado en la sala de profesores del centro, aunque el instituto estaba completamente cableado.

Después de un año de dolores de cabeza insoportables que no paraban de aumentar en intensidad y duración, y de un cansancio extremo que casi me impedía subir los dos pisos para llegar a mi clase, me di cuenta de cómo mis síntomas se disparaban nada más entrar en la sala de profesores. Con el paso del tiempo empecé a notar la cobertura del equipo en todas las habitaciones y pasillos cercanos a la sala, por lo que mi radio de acción dentro del instituto fue haciéndose cada vez menor, y pasé los últimos meses del curso en el segundo piso, lo que hacía mi trabajo muy difícil.

También experimenté que las ondas afectaban de manera inmediata a mi concentración, mi memoria y mi capacidad de hablar, y entonces supe que no podía esperar más para actuar. Comuniqué el problema a la directiva del instituto y al Instituto Valenciano de Salud y Seguridad en el Trabajo (INVASSAT) e hice una petición para que se realizara un estudio de los campos electromagnéticos en la sala de profesores, aún imaginando cuáles serían las conclusiones de un estudio realizado por una institución oficial: el informe, como no podía ser de otra manera, concluyó que el equipo wifi cumplía con la normativa específica.

La directiva del instituto me pidió algún certificado médico que pudiera justificar mi petición de apagar el wifi, y los médicos del INVASSAT me dieron cita para después de la vacaciones de verano. Me quedaban meses para acabar el curso y mi situación era desesperada: tenía que demostrar lo que me pasaba en un país donde el Ministerio de Sanidad no reconoce la electrosensibilidad, dejar mi trabajo o permitir que mi salud se siguiera destruyendo, así que decidí hablar con mis compañeros e informarles de mi situación (todo ello con migrañas espantosas y dificultad para hablar), redacté una petición para retirar el wifi del centro y recogí firmas. Presenté la instancia al director del instituto por registro de entrada y el equipo fue apagado. Todos los meses que duró este proceso fueron un infierno.

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La búsqueda de un médico que me pudiera ayudar fue laboriosa (en España oficialmente no existe la electrosensibilidad a pesar de los llamamientos del Consejo de Europa y del Parlamento Europeo a proteger a las personas que la sufren). Tuve que investigar para encontrar a alguien que me pudiera tratar y además se atreviera a certificar lo que me estaba sucediendo. Tener un certificado médico era esencial, pues necesitaba demostrar que no me estaba inventando nada, que no había perdido la cabeza, ya que perder la credibilidad agravaba la situación de vulnerabilidad en la que me encontraba. Este médico fue el catedrático de oncología francés Dominique Belpomme, probablemente uno de los científicos que más ha hecho por las personas electrosensibles en Europa. Me realizó unas pruebas específicas para diagnosticarme, emitió un certificado donde se expresa muy claramente que se me debe proteger de cualquier campo electromagnético, y comenzó un tratamiento a base de vitaminas y minerales que luego completaron las doctoras María Pérez Benítez, en Barcelona, y Mónica Peris, en Valencia. María Pérez Benítez emitió un certificado médico en el que llega a las mismas conclusiones que el doctor Belpomme, pero basándose en pruebas diagnósticas muy diferentes.
 
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En Valencia, en septiembre, en el Instituto Valenciano de Salud y Seguridad en el Trabajo, a pesar de que para entonces yo ya contaba con el certificado de Francia y de que una compañera mía también se quejaba de dolores de cabeza cerca de la sala de profesores, la cita con el médico no fue fácil. El doctor no sabía mucho de contaminación electromagnética, por lo que no creía que pudiera haber personas a las que las ondas wifi pudieran dañar (qué pena que un profesor de matemáticas que abandonó su centro en Valencia, porque lo que le hacía sentir el wifi de su instituto era “indescriptible”, no se hubiera pasado nunca por el INVASSAT). Recuerdo mi enfado cuando salí del médico y lo dura que fue la conversación con él, pero mereció la pena, pues al final de la entrevista su actitud había cambiado y, además, es necesario que estos casos salgan a la luz. Normalmente los profesores afectados suelen optar por cambiar de lugar de trabajo y sus casos quedan silenciados. Este silencio y esta invisibilidad no sorprenden, pues hasta la directora general de la Organización Mundial de la Salud, médica y ex primera ministra de Noruega, Gro Harlem Brundtland, fue desprestigiada y atacada por reconocer que sufría problemas de electrosensibilidad.

Los cambios que tuve que introducir en mi vida para evitar la radiación electromagnética fueron muchos. Y todo se agravó cuando mi grado de sensibilización a la radiación llegó a ser tan alto que un día comencé a notar las ondas de los móviles. Y cuando hablo de notar un móvil, hablo de dolor, y de la necesidad inmediata de alejarme de él. Mis alumnos deben recordar apagar sus aparatos antes de entrar en clase (hace unos meses todavía podía adivinar a cuatro metros o más de qué mochila o de qué bolsillo salían las ondas de los móviles que se habían quedado encendidos) y solamente uso el mío, que no tiene internet, para enviar mensajes.

Hay calles que evito porque tienen antenas de telefonía que me dañan de manera inmediata y suelo seguir siempre los mismos recorridos por la ciudad para no llevarme sorpresas (solamente en mi barrio hay veintitrés antenas de telefonía móvil). Tuve que cambiarme de casa porque el piso donde vivía recibía radiación de dos antenas. No puedo entrar en muchos lugares, bibliotecas, centros comerciales, parques y bares, porque tienen wifi, y en algunos casos equipos muy potentes, que me causan daños durante días; no voy a lugares cerrados donde hay mucha gente porque hay muchos móviles, lo que me impide acudir a reuniones, conciertos, fiestas, etc., y esto me aísla socialmente y hace la situación más dura de soportar. Aún así he tenido la suerte de contar con el apoyo de mi familia, mis amigos, mis compañeros y mis alumnos. Si no me hubieran creído, mi situación de marginación hubiera sido mucho peor.

Pero a pesar de todas las dificultades, y de que bajo ningún concepto desearía volver a experimentar el horror de los momentos en que más sufrí la radiación, mi electrosensibilidad me ha otorgado un punto de vista que a veces considero privilegiado. Puedo entender mucho mejor a mis alumnos, pues he podido notar la radiación con la que viven las 24 horas del día. Reconozco sus síntomas, su falta de concentración y atención, su cansancio y su a veces exagerado nerviosismo. He visto alumnos que solamente han podido sentarse con tranquilidad en una silla cuando han apagado sus móviles de última generación, y he visto cómo no solo el propietario del móvil se tranquilizaba, sino también los compañeros que estaban sentados a su alrededor. He percibido muchas veces la radiación que llevan en los bolsillos chicos con problemas de conducta. Y cuando llegan a sus casas encuentran más radiación, pues ya es difícil encontrar hogares en los que se acceda a internet con cable, a pesar de que sigue siendo la mejor conexión. Sin duda alguna algo podremos hacer para evitar tanta radiación innecesaria y corregir lo que Franz Adlkofer, director del estudio europeo Reflex sobre campos electromagnéticos, califica de actitud irresponsable de los gobiernos ante los miembros más jóvenes de la sociedad.

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Sé que la mejor tecnología que pueda imaginar la llevo sobre mis hombros, dentro de mi cabeza. El cerebro humano está ahí trabajando cuando nos movemos, amamos o nos comunicamos, y en los momentos de verdaderos desafíos siempre podemos contar con nuestra claridad de juicio para resolver los problemas. No hay nada igual y nada puede ser más prioritario que nuestro bienestar y nuestra integridad física y mental.
 
Autor: Pilar Aleza

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