Información para tu salud > Entorno y Medio ambiente > Contaminacion Electromagnetica > Investigacion en altas frecuencias

Investigación en altas frecuencias

Desde hace muchos años, hay miles de investigaciones de laboratorio y estudios epidemiológicos como para que los efectos nocivos de las microondas sobre los organismos expuestos estén meridianamente demostrados.

David Carpenter, doctor en medicina, investigador, electrofisiólogo y ex-decano de la Escuela de Salud Pública de Suny, en Albany, ha comprobado que existen más estudios sobre los bioefectos de las radiofrecuencias que sobre cualquier otro agente.

No existirían tantos estudios sobre las radiofrecuencias si los resultados no revelaran insistentemente que suponen un gran riesgo sanitario. La consistencia en las conclusiones de los estudios de los efectos de las radiofrecuencias indica claramente que éstas son peligrosas. En esta misma línea de demostración de los efectos de las radiofrecuencias de telefonía móvil, Henry Lai, investigador en toxicología de las radiofrecuencias, afirma que todos estos estudios son, como mínimo, consistentes en su demostración de efectos adversos.

“Consistente” es un término estadístico que significa que aunque las diferencias entre el grupo experimental y el de control no sean significativas, no obstante, siempre se dan en la misma dirección, aunque otras muchas investigaciones son estadísticamente significativas y altamente significativas, lo cual demuestra la existencia de riesgos elevados. Por lo tanto, la evidencia es voluminosa, y el volumen de estudios es el primer indicador del consenso entre los científicos de que algo es peligroso. Por eso, la irradiación de radiofrecuencias sobre poblaciones enteras y sobre todos los seres vivos es extremadamente imprudente y carente de garantías.

Sólo el Informe BioInitiative en 2007 recopiló las investigaciones científicas más relevantes en relación a los campos electromagnéticos y comprobó que los resultados eran preocupantes para las personas expuestas. La conclusión a la que se llegó en el 2007 fue que “los límites de seguridad pública son completamente inadecuados para proteger a la población y que los actuales estándares públicos de seguridad que limitan estos niveles de radiación en casi todos los países del mundo deben ser miles de veces más bajos”, y en el informe actualizado en 2012 se aseguraba que la situación era mucho peor de lo que se pensaba en 2007 y, lógicamente, hoy en día lo es aún más. El informe recoge estudios que muestran evidencia de muchos efectos y riesgos de los campos electromagnéticos:
  • Cáncer infantil (leucemia).
  • Efectos genéticos y proteínicos.
  • Efectos genotóxicos. Daños en el ADN.
  • Inducción de respuestas de estrés.
  • Efectos en la función inmunológica.
  • Efectos en el comportamiento y la neurología.
  • Alteración en la producción de melatonina.
  • Enfermedad de Alzheimer.
  • Cáncer de mama.
En cuanto a los tumores cerebrales y neuromas acústicos, el Informe BioInitiative atestigua que la población que ha utilizado un teléfono móvil durante 10 años o más tiene altas probabilidades de un tumor cerebral maligno y neuromas acústicos. Es peor si el teléfono móvil se ha utilizado principalmente en un solo lado de la cabeza. Asimismo se producen cambios en el sistema nervioso y en las funciones cerebrales. Las evidencias sugieren que bioefectos e impactos en la salud pueden y de hecho ocurren a mínimos niveles de exposición: niveles que pueden estar miles de veces por debajo de los límites públicos de seguridad. Hay pocas dudas sobre que los campos electromagnéticos emitidos por los teléfonos móviles y el uso de la telefonía móvil afecta a la actividad eléctrica del cerebro. En sus conclusiones el Informe BioInitiative indica que mantener el despliegue de las tecnologías inalámbricas es un riesgo probable, y que la investigación debe continuar, pero no debe impedir o retrasar cambios sustantivos hoy que puedan ahorrar dinero y vidas. Asimismo, plantea un límite de precaución de 100 nW/cm2 = 0,1 μW/cm2 (igual a 0,614 voltios por metro) para el exterior.

Desde hace más de sesenta años existe una amplia investigación que demuestra efectos patológicos en los organismos expuestos a campos electromagnéticos. Ya en 1948, en la clínica Mayo de Estados Unidos se constató que los perros expuestos a campos electromagnéticos padecían dichos efectos nocivos.

Como hemos visto, antes de que apareciera la telefonía móvil ya había un amplio bagaje de investigaciones científicas sobre microondas similares a los emitidos por antenas de telefonía móvil, en las que se evidencia que la población expuesta de forma continuada tiene un mayor riesgo de padecer determinados trastornos: abortos, daños en el ADN, cambios en la actividad eléctrica del cerebro, en la presión sanguínea, descenso de los niveles de melatonina, depresiones, insomnio, dolores de cabeza, síndrome de fatiga crónica, afección del sistema inmunológico, cáncer, tumores cerebrales y leucemia infantil.

Ya en el año 1990, el doctor Robert Becker apuntaba que: “Esta radiación considerada inicialmente segura está correlacionada con el aumento del cáncer, defectos de nacimiento, depresión, dificultad de aprendizaje, síndrome de fatiga crónica, enfermedad de Alzheimer y síndrome de muerte infantil repentina”, y afirma que: “Hay ahora demasiados derechos adquiridos industriales y políticos en el crecimiento y en los beneficios de la industria global de telecomunicación, que no tienen en cuenta el impacto de las enfermedades neurológicas y el cáncer”.

El gobierno británico alertado por los informes que relacionaban la telefonía móvil con efectos adversos para la salud de la población encargó en 1999, a través del Ministerio de Sanidad, Comercio e Industria, a un grupo de expertos compuesto por ingenieros, médicos, biólogos y otros profesionales que emitieran un informe en el cual se establecieran una serie de criterios para la instalación de antenas de telefonía móvil. El informe Stewart se publicó en mayo del año 2000 y entre sus conclusiones destaca que las evidencias científicas sugieren que podrían haber efectos biológicos de exposiciones a radiofrecuencia por debajo de las recomendaciones del NRPB, siglas de National Radiological Protection Board (Consejo Nacional de Protección Radiológica), y de la ICNIRP, siglas de International Commission on Non-Ionizing Radiation Protection (Comisión Internacional de Protección de las Radiaciones No-Ionizantes).

Ya en aquellos años, este informe desaconsejaba que las estaciones base dirigiesen sus antenas hacia colegios y otros lugares sensibles, y proponía medidas de precaución y un control sobre las características de las estaciones base, así como evitar exposiciones innecesarias, tanto de la radiación de las estaciones base como de los teléfonos móviles.

Este informe reconoce la posibilidad de efectos atérmicos negativos para la salud por causa tanto de los teléfonos móviles como de las antenas base. En su resumen de conclusiones indica que: “Ahora existe evidencia científica que sugiere que pueden producirse efectos biológicos por exposiciones por debajo de estos valores de referencia (los de la ICNIRP, que son similares a los vigentes en nuestro país). Y por lo tanto concluimos que hoy en día no es posible decir que la exposición a radiofrecuencias, aunque sean inferiores a los valores nacionales (los de la ICNIRP) está desprovista totalmente de efectos adversos para la salud, que el conocimiento que tenemos de indicios justifica la aplicación de un Principio de Cautela”.


Efectos sobre el sistema inmunológico

Existen distintas investigaciones in vitro y con animales que sustentan la tesis de que la exposición a radiofrecuencias tiene un efecto cancerígeno. Ha quedado demostrado que radiofrecuencias con una misma intensidad y una misma frecuencia pero con distintas modulaciones producen diferentes efectos, tal como indican las investigaciones de Baranski en el año 1972 en sus conclusiones relativas a los efectos histólogicos e historicoquímicos de la radiación de microondas en el sistema central nervioso, de Frey, en 1975, “Efectos de las ondas continuas pulsantes y la amplitud sinusoidal de las microondas moduladas en el metabolismo de la energía cerebral”, de Oscar y Hawkins, en 1977, en su “Alteración de la barrera hematoencefálica por microondas en ratas”, de Sanders, en 1985, “Efecto en el metabolismo energético del cerebro de ondas continuas, pulsadas y de amplitud modulada de microondas”, y de Arber y Un, asimismo en 1985, “Cambios inducidos en las células nerviosas por microondas: efectos de la modulación y de la temperatura”. Lo que explica la especial incidencia en los efectos biológicos de la modulación a 217 hercios de la tecnología digital de la telefonía celular.

Existe una amplia variedad de estudios de laboratorio que han encontrado una relación entre exposición a radiofrecuencias y el desarrollo de ciertos tipos de cáncer desde Smigielski en 1982 hasta Balcer y Kubiczek en 1995 y posteriormente, donde frecuencias de 2,45 gigahercios se comprueban “como iniciadores o carcinógenos o como promotores de una trasformación maligna”.

La experimentación en ratones muestra un aumento de tumores cuando se les expone a una radiación de microondas de 2.450 megahercios (2,45 GHz) con 0,5 mW/cm2. Asimismo, en experimentos in vitro, Balcer y Kubicek comprobaron, en 1985, que a 2.450 megahercios (2,45 GHz) la tasa de transformación se multiplicaba por un factor de 3,5. En 1989, Keilman y Grundler constataron que en cultivos de levaduras se producían aceleraciones y desaceleraciones en la tasa de transformación, dependiendo de la frecuencia utilizada parecían un efecto de resonancia. Ese mismo año Kühne comprobó que se producen efectos mutágenos a densidades de flujo atérmicos. Distintos estudios indican que se produce un debilitamiento del sistema inmunitario ante la exposición a microondas de la telefonía digital. Szmigielski, investigador antes citado, en 1988 consiguió relacionar ciertas densidades de potencia con efectos concretos:
  • Alteraciones en el número de linfocitos y de granulocitos.
  • Alteraciones en el nivel de anticuerpos y modificación de la actividad macrófaga.
  • Efectos en el nivel de anticuerpos y en el número de granulocitos.
En general, se produce un debilitamiento del sistema inmunitario ante la exposición a microondas de telefonía digital. Szmigielski comprobó que se produce un progresivo deterioro del sistema inmunológico. Según los resultados de sus estudios, una vez cesa la exposición a la radiación el fenómeno es reversible. Esta es una buena noticia para los afectados por patologías y trastornos ligados a la exposición a campos electromagnéticos y a la electrosensibilidad. Aunque nos tememos que muchas veces cuando dicha exposición ha sido intensa y prolongada o el organismo es más susceptible de reaccionar negativamente (niños, ancianos, enfermos…) la reversibilidad de los efectos es cada vez más complicada.

En ese mismo año Frey demostró los efectos que provocan las microondas sobre los neuropéptidos, que a su vez provocan efectos neu roendocrinos y alteraciones de conducta. Frey indicó que este tipo de exposiciones pueden afectar a toda la red del sistema psicoinmunoendocrino que establece una relación directa entre conducta, sistema nervioso central y estructuras neuroendocrinas.

Danniells ha comprobado un incremento de marcadores tumorales como puede suponer la expresión de genes c-fos en nematodos. Byus, Kartun, Pieper y Adey encontraron, en 1988, un incremento de un marcador tumoral denominado ornitindecarboxilasa, y Stagg, Thomas, Jones y Adey en 1997 un aumento de la inducción del crecimiento celular. Sarkar, Ali y Behari en 1994 comprobaron daños en el ADN de tejido testicular y cerebral de ratones irradiados con frecuencias de 2.450 megahercios (2,45 GHz), que son exactamente las que emplean los hornos microondas y muy cercanas a las de la telefonía móvil.

Varios estudios encontraron un aumento de roturas en simples y dobles enlaces del ADN de ratas sometidas a esa misma frecuencia. Lai y Singh en tres trabajos realizados en 1995, 1996 y 1997 detectaron estas anomalías, que fueron contrarrestadas mediante la administración de melatonina. En fases cortas de exposición y sin que se hayan producido graves daños metabólicos, la administración de melatonina parece tener un efecto favorable en la recuperación del organismo, aunque es evidente que esto sucede una vez cesa la exposición.

Al aumentar el tiempo de exposición las alteraciones en la función celular y en la actividad de diversos marcadores tumorales, incluso para valores de exposición muy bajos, asimismo, aumentan. Phillips, en 1998, determinó que los daños en el ADN después de 24 horas de exposición a radiofrecuencias de baja intensidad podían estar causados por un efecto acumulativo. Cada nueva exposición provocará un efecto mayor al reducir la capacidad de respuesta del organismo ante un elemento agresor, tal como sucede con las microondas.

Distintos autores constataron que el ADN absorbe las radiaciones de alta frecuencia, caso de Swicord y Davis en 1982, así como Edwards en 1983. Las microondas se absorben fácilmente por el agua y la grasa, tal como sucede en el horno microondas, y si este efecto ya es de una importancia decisiva al tratar de comprender los mecanismos dañinos de las radiaciones en el organismo humano, especialmente de las microondas, Swicord ha comprobado que el ADN puede absorber 400 veces más energía que el agua y que los núcleos celulares absorben más energía por unidad de masa.

Por su parte, Liboff y Homer comprobaron un aumento de la síntesis de ADN, y el doctor Martin Blank de la Universidad de Columbia en Estados Unidos, uno de los investigadores que más ha trabajado en los efectos celulares y moleculares de los campos electromagnéticos, ha concluido que los campos electromagnéticos tienen un efecto mayor sobre el ADN que en otros tejidos, y que generan efectos preocupantes a largo plazo por la exposición a microondas en el material genético. Blank asegura que hay evidencia de daño, y que el daño puede ser significativo, y que las investigaciones que muestran los efectos nocivos han sido revisadas por expertos, publicadas, y que los resultados han sido replicados, evaluados y juzgados por científicos capaces de evaluar.

La doctora Azanza, Catedrática de Biología Celular y Magnetobiología, del Laboratorio de Magnetobiología, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Zaragoza indica que: “La capacidad de potenciar un proceso canceroso ya iniciado, es decir, actuar como agentes copromotores de cáncer, la hemos demostrado recientemente en nuestro Laboratorio de Magnetobiología. Los gliomas que se citan en el comunicado de la OMS, son tumores cerebrales producidos por células de glia. Entre ellas, los astrocitos son responsables de más del 90% de los gliomas. En nuestros experimentos se expusieron astrocitos de astrocitoma humano en cultivo a estrechos pulsos de radiofrecuencias en el rango de los utilizados en radares de banda X (9.6 GHz), en condiciones de potencia (0,6 mW) que no produjeran calentamiento de las muestras (efecto subtérmico). La alta frecuencia portadora de 9,6 GHz, estaba modulada en amplitud por señal de ELF (extremada baja frecuencia), esto es, como las que portan las ondas electromagnéticas de radiodifusión, televisión y telefonía móvil inalámbrica. La exposición durante 24 horas condujo a un aumento altamente significativo de la proliferación celular (del orden del 40% de células iniciales) por incremento de las denominadas proteínas antiapoptóticas. Es decir, los campos electromagnéticos pueden potenciar el efecto de carcinogénesis, ya establecido previamente, actuando por otras vías que no son, necesariamente, el daño directo en el ADN”.


Efectos sobre la permeabilidad de la barrera hematoencefálica

La barrera hematoencefálica es una estructura constituida por células endoteliales especializadas, y es una barrera entre los vasos sanguíneos y el sistema nervioso central, al que protege y es fundamental en el mantenimiento de la homeostasis de las neuronas y las células gliales y en el bloqueo del acceso de sustancias tóxicas tanto las externas como las internas.

Hace más de 50 años que la alteración de la permeabilidad de la membrana hematoencefálica por microondas fue comprobada en la Unión Soviética. Décadas después, la doctora Jocelyn Leal y su equipo del Servicio de Bioelectromagnetismo del Hospital Ramón y Cajal de Madrid realizó multitud de investigaciones de los efectos biológicos de las radiaciones no ionizantes. En el año 1995 Leal constató que a altas frecuencias de 915 megahercios, correspondientes a una de las frecuencias usadas por las operadoras de telefonía móvil, y aplicando modulación de pulso de 8,16 y 200 hercios (la telefonía digital funciona a 217 hercios de modulación de frecuencia), se modificaba y aumentaba significativamente la permeabilidad de la membrana hematoencefálica.

Asímismo, en el año 1997, Persson, Salford y Brun comprobaron que la exposición a radiofrecuencias, aún en intensidades muy bajas, aumentaba la permeabilidad de la barrera hematoencefálica de ratones. Estos resultados indican que una serie de macromoléculas existentes en la sangre pueden pasar al cerebro. El neurólogo y neurocirujano Leif Salford, de la Universidad Sueca de Lund, demostró este fenómeno en un estudio realizado con ratones expuestos durante dos minutos a la radiación de telefonía móvil. Dicha radiación con valores situados por debajo de los que producen efectos térmicos, destruía la barrera hematoencefálica, exponiendo los tejidos cerebrales a las proteínas y a las toxinas. Esta línea de investigación ha puesto de manifiesto que, tal como se creía, la telefonía celular es sospechosa de estar relacionada e incluso ser la causa de enfermedades degenerativas como Alzheimer y esclerosis múltiple. Esta relación causa-efecto se fundamenta en que la presencia de proteínas en el cerebro de estos enfermos es una constante establecida.

Según el Informe Mundial del Alzheimer de la Alzheimer’s Disease International (ADI) las personas afectadas de demencia se duplicará cada 20 años: 65,7 millones en 2030 y 115,4 millones en 2050. Incluso a densidades de potencia de tan sólo 0,1 nW/cm2 (0,0001 μW/cm2) se producen alteraciones en la permeabilidad de la membrana encefálica al flujo de los iones calcio. Este efecto es especialmente intenso cuando se producen pérdidas de calcio en el líquido que rodea al cerebro. La importancia de este fenómeno viene motivada porque en el organismo humano hay toda una serie de procesos metabólicos fundamentales que dependen de los iones de calcio y que se alteran ante estas densidades de potencia a las que prácticamente toda la población se encuentra expuesta.

El doctor Salford asegura que el uso de teléfonos móviles es el experimento biológico más grande jamás realizado, pero creo que habría que ampliar este concepto a todas las radiaciones que invaden el medio ambiente, nuestras viviendas y nuestros cuerpos en una situación de riesgo biológico sin precedentes en la historia de la humanidad. Fischer comprobó en 344 ratas expuestas a microondas de 915 megahercios que “La exposición de onda-continua muestra un escape de albúmina del 47% en los cerebros de las ratas expuestas. Después de exponer a las microondas pulsantes moduladas de 915 megahercios nosotros observamos un aumento en el escape de albúmina del 24% en el cerebro de las ratas expuestas”.

Este fenómeno es crucial puesto que al debilitarse la barrera de la permeabilidad cerebral, el cerebro queda sin defensas frente al escape y entrada de virus, impurezas de la sangre y aditivos alimentarios. La glucosa de la sangre penetra en el cerebro y destruye neuronas. Es sabido que las proteínas en el cerebro pueden provocar las enfermedades de Alzheimer y Parkinson, pues, de esta manera, la permeabilidad de las células queda debilitada.

El doctor Neil Cherry, biofísico en la Universidad de Lincoln en Christ Church, Nueva Zelanda, afirma que la radiación que provoca un teléfono móvil puede alterar la permeabilidad cerebral en unos dos minutos y que los priones que provocan la enfermedad de las “vacas locas” pueden entrar en el cerebro.

Se ha demostrado en un buen número de investigaciones con personas voluntarias y con animales que fueron expuestos a microondas que incluso, en cortos periodos de tiempo y en niveles de radiación considerados por las normativas como muy bajos, se producen alteraciones de la barrera hematoencefálica, que es el sistema regulador del paso de sustancias al cerebro. Persson en el año 1997 ya constató este fenómeno en su estudio “Permeabilidad de la membrana cerebral en ratas expuestas a los campos electromagnéticos usados en la comunicación inalámbrica”. Dutta, Ghosh y Blackman en 1989 también comprobaron el transporte de calcio a través de las membranas celulares en su trabajo sobre radiofrecuencias y radiación inducida en un ion de calcio y neuroblástomas en células de cultivo.

Las alteraciones en la barrera hematoencefálica cerebral permite el paso de sustancias tóxicas al cerebro y favorece los daños en las áreas del cerebro especializadas en la memoria, el aprendizaje y el movimiento.

Las cefaleas y las migrañas que relatan muchas personas expuestas a campos electromagnéticos tienen una explicación en cuanto a los efectos de la radiación sobre el sistema dopamina-opioide del cerebro y con las variaciones de la permeabilidad de la barrera hematoencefálica. Los casos de ictus o infarto cerebral y accidente cerebrovascular han aumentado en un 40% desde 1998. Precisamente en 1998 menos del 10% de la población tenía móvil, pero desde entonces el número de usuarios se ha elevado drásticamente.

De hecho, actualmente es la causa primera de muerte entre las mujeres por encima del cáncer y el infarto de miocardio, y su incidencia afecta cada vez a edades más jóvenes, y las cifras actuales se duplicarán para el 2030. Según el trabajo de Dariusz Leszczynski en 2002, las radiaciones no térmicas de la telefonía móvil son absorbidas por el tejido cerebral y activan las proteínas del estrés, y provocan un incremento de la permeabilidad de la barrera hematoencefálica y modifican el patrón de apoptosis (muerte celular programada) que impide la destrucción de las células viejas o transmutadas. Procesos que están directamente relacionados con la aparición de tumores y enfermedades neurodegenerativas.

Según los trabajos del neurocirujano Vini Khurana sobre más de 100 estudios científicos, el uso de teléfonos móviles es más peligroso que fumar. Advierte de un gran incremento de tumores entre la población, y que ésta debería de dejar de usar el teléfono móvil, e insta a los gobiernos y a la industria a que adopten medidas inmediatas para reducir la radiación. El doctor Khurana afirma que el uso de teléfonos móviles durante 10 años o más puede incrementar al doble el riesgo de padecer cáncer cerebral: “Hay consistencia significativa y evidencia para establecer una relación entre el uso del teléfono móvil y ciertos tumores cerebrales”, e insiste en que este peligro de salud pública es mayor que el provocado hasta ahora por el asbesto y el tabaco.

Más de cinco mil millones de personas utilizan teléfonos móviles en el mundo, un número cinco veces superior al de los fumadores de tabaco. Fumar mata a unos cinco millones de personas cada año, y la exposición al asbesto es responsable de más muertes en muchos países que los accidentes de carretera. Es fácil comprender las repercusiones sobre la salud mundial del problema al que nos enfrentamos, cuando además de los usuarios de los teléfonos móviles sumamos la exposición a la radiación de las antenas de telefonía móvil y de otros muchos más focos.


Alteraciones genéticas y reproducción

En el año 1983, los doctores Manikowska-Czerska, Czerska y Leach, del Center for Devices and Radiological Health, presentaron un informe donde se comprobó una disminución en la producción de espermatozoides en ratones, tras una exposición de media hora diaria durante 14 días a una radiación de microondas de efectos no térmicos; es decir, por debajo de los niveles considerados como seguros por aquel entonces. Asimismo se produjeron anomalías significativas en la estructura de los cromosomas de los espermatozoides. Posteriormente, al aparear a los machos expuestos, se comprobó un incremento en el número habitual de casos de abortos.

Las microondas provocan alteraciones en la información genética: modificaciones genéticas y malformaciones. Varga, del Instituto de Higiene de Heidelberg en Alemania, constató que en los huevos de pollo expuestos a radiofrecuencias se produce un incremento significativo de malformaciones y de embriones que mueren en el huevo. De los resultados obtenidos, Varga deduce que las radiofrecuencias pueden dañar también el material embrionario humano.

La alteración por rotura de cromosomas fue estudiada hace años por el doctor H. Lai y el doctor N.P. Singh, de la Universidad de Washington en Estados Unidos. Lai indicó en 1995 que una potencia de 100 nW/cm2 (0,1 μW/cm2) puede alterar los cromosomas. Los trabajos de Magras y Xenos, en 1997, han tenido una gran repercusión en la comprensión de los efectos a largo plazo de las microondas. En sus conclusiones se demuestra que la exposición a microondas de generaciones sucesivas de ratones provoca una disminución progresiva de su capacidad reproductora, siendo llamativo que tras la cuarta generación expuesta a estas radiaciones su incapacidad fue total.

Según el doctor George Carlo: “Los estudios de laboratorio sobre la capacidad de causar daños genéticos funcionales por la radiación de la antena del teléfono móvil fueron sin duda positivos, y seguían una relación de dosis-respuesta”.

En el año 2004, investigadores de la Universidad de Nueva York comprobaron que trabajar con el ordenador portátil sobre las rodillas disminuía la fertilidad masculina. La temperatura del escroto en los hombres que usan el ordenador sobre las rodillas aumenta cerca de tres grados centígrados, lo que, sumado a los efectos no térmicos, afecta negativa mente en la espermatogénesis, sobre todo en los adolescentes y jóvenes. Precisamente los testículos se encuentran en el escroto, fuera del abdomen, para mantener una temperatura algo más baja que la del cuerpo para producir espermatozoides.

Un nuevo estudio ha demostrado que las ondas wifi del portátil reducen la motilidad de los espermatozoides; es decir, su capacidad para desplazarse de manera espontánea. Los espermatozoides necesitan tener una buena motilidad para alcanzar el útero, llegar hasta el óvulo y fecundarlo. También se ha comprobado un aumento de la fragmentación del ADN y, por tanto, una alteración del código genético, que también puede conllevar una disminución de la fertilidad.

Pero esto no sucede sólo con la radiación de los wifi, sino con toda la gama de frecuencias que estamos tratando, incluyendo las de los teléfonos móviles, cuyo uso disminuye la cantidad, motilidad, viabilidad y morfología normal del esperma en los hombres.

El doctor Niel Cherry confirma la alteración de cromosomas, al igual que el doctor G. Hyland de la Universidad de Warwick en Inglaterra y la Universidad de Neuss-Holzheim en Alemania, que concluye que se produce: “Un aumento de seis veces en la rotura de cromosomas en vacas sometidas a una exposición máxima de 100 nW/cm2 (0,1 μW/cm2)”. Cherry opina que “la proliferación de teléfonos celulares, antenas repetidoras y contaminación por microondas es una grave contribución al cáncer, a los tumores cerebrales y al incremento de problemas neurológicos entre la población humana”.

El doctor Dimitris Panagopoulos y su equipo del Departamento de Biología de la Facultad de Biología de la Universidad de Atenas han realizado en los últimos años distintas investigaciones sobre radiaciones y efectos biológicos con resultados concluyentes en cuanto a los riesgos que lleva aparejada dicha exposición. En el 2010 realizaron un trabajo sobre los bioefectos de la radiación de la telefonía móvil en relación con la intensidad y la distancia a antenas GSM de 900 y 1800 MHz. Los insectos adultos de Drosophila melanogaster se expusieron a la radiación de una antena de telefonía móvil GSM 900/1800 a diferentes distancias que van de 0 a 100 centímetros. En sus resultados se comprueba que estas radiaciones disminuyeron la capacidad reproductiva por la inducción de muerte celular en todas las distancias probadas. El efecto se reduce con la distancia y la disminución de la intensidad.

Ya en el año 2000 el doctor Neil Cherry advertía que: “La radiación electromagnética está perjudicando los cerebros, corazones, embriones, hormonas y células. Es una amenaza para la vida inteligente en la Tierra. La radiación electromagnética interactúa por resonancia con los cuerpos y las células, interfiere con la comunicación célula-a-célula, con el crecimiento y la regulación celular, y está perjudicando la base genética de la vida”.


Trastornos neuronales y nerviosos

Existe una gran cantidad de investigaciones relacionadas con trastornos neuronales y nerviosos, producidos por radiofrecuencias de telefonía móvil en dosis muy por debajo de los valores que sirven de referencia a la mayor parte de los países, que son los que producen aumento térmico en los organismos expuestos.

Desde hace más de cuarenta años se vienen constatando efectos sobre la actividad cerebral. Adey, Gavalas-Medici y Bawin comprobaron a principios de los 70 que una radiación modulada a 147 megahercios y con una densidad de potencia de 1 mW/cm2 y a determinadas frecuencias de modulación era capaz de generar una fuerte perturbación en el electroencefalograma. Posteriormente, Adey, en 1981, comprobó que los cerebros de pollitos sometidos a esta radiación de 147 megahercios con modulaciones entre 6 y 20 hercios acusaban una alteración de hasta un 20% en la salida de calcio.

Los resultados de las investigaciones demuestran que las personas expuestas a radiaciones de alta frecuencia son más susceptibles de padecer alteraciones cerebrales. Estos efectos nocivos se producen especialmente cuando las frecuencias de modulación se encuentran dentro de las frecuencias de las propias ondas cerebrales, tal como sucede con la telefonía digital.

Las investigaciones indican que se producen alteraciones y modificaciones patológicas en el funcionamiento cerebral. Se produce una alteración en la secreción de líquidos hormonales cuya misión es facilitar la retransmisión de las estimulaciones nerviosas. Así esta capacidad fundamental de transmitir información se ve afectada por la exposición a campos electromagnéticos, tanto en las bajas frecuencias como en las más altas de la telefonía móvil.

Los alemanes Bert Sakmann y Erwin Neher recibieron en 1992 el premio Nobel de Medicina por sus investigaciones relativas a cómo los sutiles procesos bioeléctricos que se producen en el cerebro y en el sistema nervioso son inhibidos y alterados por la acción de campos electromagnéticos artificiales.

Estos procesos eléctricos naturales del cerebro funcionan gracias a corrientes eléctricas extremadamente débiles, y pueden ser alterados por otros campos de procedencia exterior, que en el caso de la telefonía móvil pueden llegar a ser miles de millones de veces superiores a las corrientes neuronales naturales del cerebro. Estas alteraciones tienen enormes consecuencias fisiológicas, especialmente en las funciones cerebrales, tal como sucede en el caso del Alzheimer.

A este respecto el doctor Neil Cherry aseguró en febrero del año 2000 que: “Ya que nuestro cerebro detecta y usa señales de muy baja frecuencia como las ondas o resonancias de Schumann que tienen una intensidad media de aproximadamente 0,0000001 μW/cm2 (0,1 picoW/cm2) no es sorprendente que con exposiciones que son millones de veces superiores, exista un mayor daño cerebral y un aumento del riesgo de tumor cerebral como respuesta a la dosis. Esta forma de desarrollo es indicativo de causa y efecto”.

El doctor Hyland afirma que: “Algo menos conocido es el hecho de que las señales de microondas usadas en el sistema digital GSM de telefonía móvil centellean a una frecuencia de 217 veces por segundo y que estos flashes se interrumpen a intervalos de una frecuencia mucho más baja, de 8,34 segundos. Esta es una frecuencia que está situada cerca del rango de las importantes ondas cerebrales alfa. Dado que tanto la luz como las microondas pertenecen al mismo espectro electromagnético, y que difieren únicamente en su frecuencia y en el grado de coherencia, no hay ninguna razón para suponer que los efectos supresores/negativos de una luz visible centelleante no se extiendan también a la radiación de microondas que centellee a la misma baja frecuencia, dado que ésta puede penetrar el cráneo fácilmente”.

Hyland continúa en esta línea argumental asegurando de que “es totalmente irrazonable suponer que nuestro cerebro, por alguna razón, es inmune a esta agresión electromagnética, cuando por otro lado, se recalca repetidamente la prohibición de usar teléfonos móviles en los aviones bajo el argumento de que sus señales pueden interferir el sistema de control del avión. Dada la sensibilidad electromagnética infinitamente mayor del organismo humano, sería incongruente que la misma radiación no interfiriese de forma similar en nuestros procesos neuronales cuando estamos en el campo (lejano) de una estación base repetidora o en el campo (próximo) de la antena de un móvil”.

“Los sistemas vivos también tienen una sensibilidad precondicionada a la radiación ultra débil de microondas; de este modo, además de una sensibilidad a los pulsos de baja frecuencia (8 Hz), usados en telefonía móvil, el organismo humano puede muy bien ser sensible también al color de dichos pulsos o flashes (por ejemplo, a la frecuencia de la microonda portadora).

En consecuencia, existe cualquiera de las dos posibilidades: una amplificación por resonancia (quizás hasta un nivel peligrosamente alto) de una actividad biológica interna eléctrica, o bien la de una interferencia de la misma, con el resultado de su degradación. También es posible que la radiación externa aumente anormalmente los valores naturales del metabolismo, y después de un tiempo suficiente, ponga en marcha por ese camino lo que la naturaleza no quiso. Esto requiere un umbral de intensidad mínimo, desde luego, muy por debajo de los niveles térmicos”.

Hyland argumenta que “En los últimos 25 años se han acumulado muchas evidencias experimentales, consistentes no solo en la existencia de esa actividad de microondas endógena y con influencias asociadas no térmicas, que dependen de las altas frecuencias, tales como, por ejemplo, alteraciones en la tasa de crecimiento de E. coli y levaduras, sincronización de la división celular, la puesta en marcha de ciertos procesos genéticos, alteraciones en la actividad de importantes enzimas, etc., sino además en el hecho de otras actividades eléctricas organizadas en rangos de frecuencia bastante diferentes, tales como ondas cerebrales, que pueden por ejemplo ser influidas por vía no térmica mediante campos externos modulados en amplitud a una frecuencia similar. A ello se suma la existencia de numerosas noticias de otras influencias no-térmicas de la radiación de telefonía móvil, tales como efectos sobre la presión arterial en las personas, depresión de la eficiencia inmunitaria de los leucocitos en el hombre, aumento del flujo de calcio en el tejido cerebral y lo más dramático: un incremento significativo en la mortalidad de embriones de pollo. Finalmente, existen numerosos informes (que ofrecen una solidez remarcable en todo el mundo) sobre los efectos nocivos para la salud, experimentados tanto por los usuarios de teléfonos móviles como por personas residentes en la proximidad de estaciones base asociadas, siendo las más habituales de las quejas de naturaleza neurológica, tales como efectos sobre la memoria a corto plazo, en la concentración, el aprendizaje, desordenes del sueño y estados de ansiedad, así como incremento en los casos de leucemia”.

Y concluye: “Las normas de seguridad existentes no protegen ni pueden proteger contra cualesquiera efectos nocivos para la salud que puedan estar ligados específicamente con la naturaleza ondulatoria de la radiación. Por consiguiente –termina asegurando el doctor Hyland—, la filosofía dominante debe ser considerada como fundamentalmente errónea”. En 1997 realicé junto al profesor Javier Núñez y el ingeniero Rolf Veen una investigación pionera en el campo del estrés y los ciclos circadianos en la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universidad de Valencia. Los resultados indicaron fuertes reacciones de estrés en los ratones sometidos a radiofrecuencias de teléfonos móviles, llegando incluso a romper su ritmo circadiano.

El estudio lo diseñamos para que los ratones recibieran unas dosis similares a las que recibe un usuario medio. El teléfono, completamente silenciado, fue activado a distancia por un dispositivo mecánico construido para ese modelo y gobernado por otro ordenador. El teléfono emitió 15 llamadas de 90 segundos de duración cada una por día (en periodos de 30 minutos desde las 23 horas hasta las 6 horas), coincidiendo con la fase de máxima actividad del grupo de control (periodo nocturno). Los resultados de nuestro estudio fueron concluyentes: el ciclo circadiano de los ratones; es decir su descanso y su actividad, se altera de forma significativa comparativamente con los grupos de control no expuestos. Esto quiere decir que la radiación procedente de la telefonía móvil les genera un fuerte estrés.

Tras cesar la irradiación se observó una tardanza de varias semanas para que los animales retornaran a su ciclo normal. Las manifestaciones de estrés en los animales fue la consecuencia de la exposición a la radiación de microondas de telefonía móvil.

Evidentemente, una persona no es un ratón, pero hay que decir que el estrés se produjo de forma inmediata al recibir la radiación y que no desapareció al eliminarla. Además, se pueden usar factores de escala y peso para extrapolar los resultados al ser humano, con lo cual queda manifiesto el potencial efecto sobre el sistema nervioso.

Aún en densidades de flujo de 0,0000001 μW/cm2 (0,1 picoW/cm2) se ha podido constatar un efecto o reacción fácilmente reproducible en un amplio rango de frecuencias. Si partimos de la base de que toda reacción produce un efecto de estrés, aunque sea mínimo, entonces resulta que incluso estos valores bajos de radiación puede implicar ya un sobreesfuerzo del organismo, aunque la misma no produzca daños, al menos de forma evidente e inmediata.

También la doctora Madeleine Bastide de la Universidad de Montpellier en Francia, comprobó que las bajas frecuencias de los teléfonos móviles engendran una disfunción del sistema que regula el estrés. En las conclusiones de su investigación indicó que este fenómeno puede ser la causa de un aumento creciente de violencia en las zonas expuestas a la radiación de los teléfonos portátiles y de las antenas de estaciones base.

En el año 2000, el prestigioso abogado Alberto Arrate ganó el primer caso en Europa sobre antenas de telefonía móvil y riesgos en la salud, en Erandio (Bilbao). Esta es la primera sentencia en la que se adoptaron medidas cautelares de desconexión de la emisión de radiaciones de una antena de telefonía móvil por motivos de salud. Las antenas de alta frecuencia y potencia generan elevados campos de microondas en los edificios cercanos, tal como era el caso con la antena ubicada en el mismo edificio donde vivía la familia afectada en la última planta. En la medición y el informe pericial de riesgos que realicé para el juzgado pude comprobar que la dosis máxima que llegaba a los habitantes de la vivienda afectada (entre ellos una niña de corta edad) eran de 300-400 nW/cm2 (0,3-0,4 μW/cm2). El juez determinó y dictaminó que esta familia, especialmente la hija, no podía estar sometida a estos campos electromagnéticos debido al potencial riesgo sobre su salud.


Efectos sobre la melatonina

La pineal muestra unos ritmos cíclicos en cuanto a la biosíntesis y la secreción de melatonina, fundamentalmente condicionada por el ciclo de luz y oscuridad. Sin embargo, se cree que el geomagnetismo es un sincronizador adicional de la actividad pineal. En pruebas realizadas en laboratorio, se ha comprobado que campos magnéticos artificiales influyen sobre la actividad de las células pineales, disminuyendo la segregación de melatonina en la fase de máxima actividad, o sea cuando el organismo está en la oscuridad.

José Luis Bardasano, director del Instituto de Bioelectromagnetismo Alonso de Santa Cruz e investigador en la Universidad de Alcalá de Henares, ha trabajado durante años sobre la glándula pineal y en los efectos que provocan en ella los cambios del campo geomagnético y las influencias de los campos electromagnéticos artificiales, otorgándole a la pineal la cualidad de “sentido magnético”. Según Bardasano, los campos magnéticos de frecuencias extremadamente bajas pueden interferir la ritmicidad pineal, especialmente en la síntesis y secreción de melatonina. La glándula pineal es la encargada de elaborar la melatonina en ausencia de luz, por lo que, normalmente, es segregada por las noches, inhibiéndose durante el día, regulando así los ritmos circadianos (de circa: ‘alrededor’, y dies: ‘día’) del organismo, es decir, los ciclos del sueño, ciclos hormonales, etc.

La exposición a campos electromagnéticos reduce la producción de melatonina y, por tanto, la capacidad de respuesta del sistema inmunológico. Por la noche, la glándula pineal segrega, en condiciones normales, la cantidad de melatonina necesaria para mantener el equilibrio del organismo. Pero si la persona está sometida a campos eléctricos y/o magnéticos, la producción de esta hormona queda por debajo de sus valores normales. Entre otras investigaciones vinculadas a la glándula pineal, destacaremos las realizadas por Russel Reiter, profesor de neuroendocrinología de la Universidad de San Antonio, en Texas. Sus resultados demuestran que los campos electromagnéticos artificiales tienen el mismo efecto en la glándula pineal que la luz, impidiendo de este modo el proceso regenerador nocturno. Reiter realizó un experimento con ratas exponiéndolas a un foco emisor de frecuencias extremadamente bajas, en el que comprobó que sus niveles de melatonina se reducían hasta un 50%.

El estadounidense Barry Wilson, investigador de los laboratorios Battelle Pacific Northwest, ha demostrado que campos electromagnéticos de extremada baja frecuencia, por debajo de los valores límite considerados seguros en la actual legislación y del mismo rango de los que recibiría una persona situada cerca de una línea de alta tensión, inhiben la secreción de melatonina y reducen de forma drástica los niveles de melatonina en los seres humanos.

Wilson comprobó que, tras un mes de exposición, los niveles de melatonina se reducían en un 40%. Sin embargo, una vez eliminada la radiación, estos niveles volvían a estabilizarse. Según Wilson, esta alteración del ciclo de la melatonina provoca depresión y fatiga, síntomas bien conocidos que se manifiestan en las personas expuestas a campos electromagnéticos de extremada baja frecuencia. De ese modo se explicaría la disminución de la capacidad del sistema inmunológico, así como la causa de muchos insomnios, depresiones, cambios de comportamiento y humor, trastornos que, tal como observamos en nuestra práctica diaria, son habituales en las personas expuestas a campos electromagnéticos.

Por otra parte —continúa explicando Wilson—, hay que tener en cuenta que la melatonina estimula el sistema inmunológico y modula la función de ciertos órganos endocrinos: las gónadas, la pituitaria, el timo y el hipotálamo. Dada la importancia de la melatonina en la regulación de las funciones endocrinas, podemos deducir que las radiaciones de extremada baja frecuencia perturban dichas funciones, y que la reducción de los niveles de melatonina, podría ser una de las claves para comprender el motivo del aumento del riesgo de contraer cáncer, en las personas sometidas a campos electromagnéticos de extremada baja frecuencia.

En 1987, en la Universidad de Valencia (Departamento de Química- Física y Anatomía), los doctores Peregrín V. Olcina (junto a quien he participado en distintos estudios a lo largo de muchos años) y F. Martínez Soriano llevaron a término un estudio con ratas blancas, para determinar la influencia de los campos magnéticos sobre la pineal. En los resultados se puede observar una pérdida del sentido de orientación y del equilibrio y una reducción significativa en los volúmenes nucleares de las regiones central y periférica.

En 1988, los doctores Cos, Mediavilla y Sánchez, de la Universidad de Santander (Departamento de Fisiología de la Facultad de Medicina), realizaron una investigación que intentaba relacionar las alteraciones en la actividad de la glándula pineal con el cáncer de mama. Trabajaron con tres grupos de ratas. El primero, se mantuvo en condiciones normales (comida sin restricciones, temperatura estable y confortable, luz similar a la diurna durante gran parte del día, etc.); a los miembros del segundo grupo, se les extirpó la glándula pineal, y los del tercero, estuvieron sometidos a factores teóricamente potenciadores de la actividad de la pineal (bajas temperaturas, régimen alimenticio reducido, pocas horas de luz, etc.). A los tres grupos, se les suministró una sustancia cancerígena, comprobando, en el primero de ellos, un rápido desarrollo de los tumores cancerígenos, especialmente los mamarios. En el segundo grupo (sin pineal), los casos tumorales se incrementaron con respecto al primer grupo, y su desarrollo fue incluso más rápido. Sin embargo, el tercer grupo (sometido a factores potenciadores de la actividad pineal) logró eliminar la sustancia cancerí gena y no desarrolló tumores. En la misma línea de investigación, se logró la regresión de tumores con la potenciación de la glándula pineal, al igual que la progresión de dichos tumores cuando se les extirpaba ésta.

La doctora Mª Jesús Azanza, Catedrática de Biología Celular y Magnetobiología, ha sido miembro del Grupo de Trabajo “Salud Pública y Campos Electromagnéticos”, del Ministerio de Sanidad y Consumo y es una reconocida investigadora, y con quien he tenido la oportunidad de coincidir al impartir sendas ponencias en una jornada sobre riesgos de los campos electromagnéticos en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Donostia/San Sebastián. Azanza es una de las investigadoras más relevantes de los últimos 20 años sobre campos electromagnéticos. En sus investigaciones en el Laboratorio de Magnetobiología ha comprobado que se produce división celular anómala al exponer la célula a las radiaciones, y ha descubierto un mecanismo bioquímico que lo produce a través del calcio: “Un modelo teórico desarrollado por nosotros explica la liberación de iones Ca++ como consecuencia de la interacción del campo magnético y el campo electromagnético con las membranas celulares. La liberación de Ca++ es sutil, siendo debida al campo magnético de extremada baja frecuencia que modula la radiofrecuencia, dado que la membrana actúa como un dispositivo demodulador o detector, similar a como lo hacen los dispositivos electrónicos de que van provistos los receptores de radio, televisión y telefonía móvil, sólo que en las células lo hacen las moléculas de la membrana (fosfolípidos) mediante un complejo mecanismo que hemos dominado superdiamagnetismo y repulsión eléctrica del Ca++ (a ambos lados de la membrana) y difusión de los iones Ca++ dentro de la célula, en remarcable buen acuerdo con los datos experimentales”.

La concentración de iones de calcio en la célula juega un papel importante en la división celular, fenómeno a su vez fundamental en la aparición del cáncer. En esta enfermedad se comprueba, generalmente, una disminución de los niveles de la hormona melatonina, hecho que se produce —como hemos visto anteriormente—, como resultado de la exposición a campos electromagnéticos de extremada baja frecuencia (líneas eléctricas, transformadores, electrodomésticos…) y a radiofrecuencias (antenas de telefonía móvil, wifi…).

Actualmente existen muchos estudios que demuestran cómo la disminución de la melatonina aumenta el riesgo de padecer cáncer. Las mujeres con cáncer de pecho presentan un nivel de melatonina extremadamente bajo, en comparación con las de los grupos de control. De hecho, la melatonina frena el crecimiento de células tumorales en la glándula mamaria. Según Reiter, hay cada vez mayor número de datos que evidencian la relación de la disminución de melatonina con el crecimiento tumoral. Después de 30 días de exposición a campos de extremada baja frecuencia los niveles de melatonina descienden progresivamente del 100% al 40%. La disminución de la secreción nocturna de esta importante hormona favorece la acción nefasta de los radicales libres y la aparición de tumores, probablemente debido a una menor actividad del gen antitumoral. La gravedad de los síntomas de las personas afectadas por radiaciones puede estar condicionada por la presencia de los radicales generados por la exposición del organismo, así como por las reservas y la capacidad de generar antioxidantes que los combatan.

Cuando el sistema inmunológico funciona correctamente tiene la capacidad de eliminar tumores del organismo, incluso los cancerígenos. Según Susan Love, cirujana especialista en mamas de la UCLA, la Universidad de California en Los Ángeles, al menos el 30% de los tumores encontrados en las mamografías desaparecerían por sí solos. Estos tumores crecen y en un momento dado dejan de crecer, se reducen o desaparecen.

La mayoría de las personas tienen células cancerosas en su organismo en determinadas etapas, pero no todas desarrollan cáncer. Una reducción en la tasa de la hormona melatonina eleva la tasa de estrógenos circulantes en el organismo, favoreciendo las proliferaciones de tumores estrógeno-dependientes, tal como es el caso del cáncer de mama de células tumorales con receptores para el estrógeno.

También se relacionan los niveles bajos de melatonina con la depresión, pues la disminución de esta hormona puede provocar una respuesta de compensación que conlleve, asimismo, un descenso de serotonina, aumentando el riesgo de padecer depresión.

En esta línea conviene recordar el trabajo del profesor Lebrecht von Klitzing, de la Universidad de Lübeck en Alemania quien ya informó en el año 1994 que en densidades de potencia de 100 nW/cm2 (0,1 μW/cm2) se puede alterar el electroencefalograma, incluso que en dosis de radiación cinco veces menores (20 nW/cm2 - 0,02 μW/cm2) se puede alterar la segregación de melatonina.

Esta relación causa-efecto-dosis se comprueba en los trabajos de Altpeter en 1995 en la Universidad de Berna (Suiza), en el Instituto para la Medicina Social y Preventiva, y de Abelin en 1999 en relación a la alteración de los niveles de la hormona melatonina en exposiciones a radiofrecuencias en Nueva Zelanda. La exposición aguda y crónica a las ondas cortas de radio produjo alteraciones del sueño en función de la dosis recibida.

Asimismo, se comprobó una correlación directa entre el insomnio y la disminución en la secreción de melatonina por parte de la glándula pineal, alteración que finalizó al suspender el campo de radiofrecuencias. En base a estas evidencias los investigadores concluyeron que existía una relación de causa y efecto entre la alteración del sueño y la exposición a las radiofrecuencias, y que la alteración de la secreción de esta hormona neuronal favorece la aparición de insomnio, fatiga crónica y cáncer, demostrando la especial sensibilidad del cerebro y de sus sutiles mecanismos a los campos electromagnéticos.



Extraído del libro:
 
"La enfermedad silenciada"
Raúl de la Rosa
Responsable de Contaminación electromagnética
Fundación Vivo Sano

Síguenos en