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Riesgos en el entorno: Altas frecuencias

El medio ambiente está saturado de radiofrecuencias. Toda la población está sometida en mayor o menor medida a campos de altas frecuencias: antenas de televisión, radio (emisoras de FM y AM, radioaficionados, radio-taxis, bomberos, policía, militares, etc.), antenas de telefonía, wifi, teléfonos móviles e inalámbricos, radares, etc., que suponen una creciente amenaza para la salud y la naturaleza. Tal es el poder destructor de estas radiaciones que la industria armamentística ha desarrollado armas que utilizan las microondas para la anulación o la eliminación de personas, así como inhibidores de campos electromagnéticos para uso contra la población hostil.

Las radiofrecuencias se ubican dentro del espectro electromagnético en la banda de las frecuencias no ionizantes, entre los 100 kilohercios (KHz) y los 300 gigahercios (GHz), y longitudes de onda entre los tres kilómetros y un metro.

Las microondas están dentro del rango de las radiofrecuencias, Abarcan desde 300 MHz hasta los 300 GHz, en la banda de frecuencia ultra alta (0,3-3 GHz), frecuencia super alta (3-30 GHz) y frecuencia extremadamente alta (30-300 GHz), con longitudes de onda que van desde un metro hasta un milímetro.

Existe una abundante bibliografía científica en relación a estudios sobre radiofrecuencias y sus efectos en la salud de población expuesta. Emisoras de radio y televisión, así como radares pudieron servir de ejemplo de lo que se podía esperar con las frecuencias y potencias empleadas por la telefonía móvil, pero que fueron obviadas por los responsables públicos —y, por supuesto, por las compañías—, que han permitido que se generalice un campo de microondas que afecta a prácticamente toda la población mundial. La telefonía analógica, precursora de la digital, emplea señales similares a las que se usan en radio y televisión, por su parte la telefonía digital opera mediante microondas pulsadas muy similares a las empleadas en los radares. Y es precisamente la literatura epidemiológica sobre exposición poblacional a radiofrecuencias de radio, televisión y radar la que hace años indicaba que existen riesgos de padecer cáncer cerebral, leucemia y otros tipos de tumores, además de alteraciones cardiacas, neurológicas y reproductivas en relación directa a la dosis recibida; es decir, a mayor dosis mayor aumento del porcentaje de riesgo.

Hace decenios que los efectos de la radiación de microondas fueron descubiertos, investigados y documentados. Sólo en Estados Unidos la Naval Medical Research Institute documentó 2.300 artículos de investigación que mostraban más de ciento veinte enfermedades causadas por las frecuencias de radio y de microondas. Los gobiernos y los militares eran conocedores de los dañinos efectos de la radiación de microondas, pero se ocultó esta información científica para no poner trabas al desarrollo de tecnologías comerciales basadas en las microondas.

En estos estudios se comprueba un aumento de casos de cáncer, leucemia, alteraciones cardiacas, neurológicas y reproductivas en las personas expuestas a radiofrecuencias.


Antenas de radio y televisión

La transmisión a distancia de las señales de televisión, puede realizarse a través de cables coaxiales o mediante ondas electromagnéticas. El más difundido es el segundo sistema, que se basa en enviar ondas electromagnéticas a una antena transmisora.

De las investigaciones científicas es fácil extraer que cualquier persona que esté expuesta a este tipo de campos electromagnéticos puede acabar padeciendo severos trastornos en su salud. El grado de virulencia de estos trastornos y de los síntomas varía en función de la dosis recibida a lo largo del tiempo y de la capacidad individual de respuesta ante un agente agresivo.

Una evidencia más sobre los riesgos que supone para la salud y en concreto el alto riesgo de cáncer en relación a la población que vive cerca de antenas de radiotransmisión son los estudios con datos epidemiológicos.


Estudios epidemiológicos sobre emisoras de radio y televisión

Diferentes estudios indican una significativa correspondencia entre una amplia variedad de síntomas, el cáncer y la mortalidad con la cercanía de los afectados a las antenas emisoras de radiofrecuencias.

Según Andreas Varga, director del Instituto de Higiene de la Universidad de Heilderberg (Alemania), las emisoras de radiofrecuencias son peligrosas hasta tres kilómetros de distancia, y afirma que la influencia de este campo sobre el organismo puede afectar al sistema inmunológico, modificar la glucosa en la sangre o la información genética, así como aumentar las hormonas del estrés. Y es que el cuerpo humano, al igual que los árboles, hace de antena de las emisiones de radiofrecuencias.

En los años 70 se llevó a cabo una investigación dirigida por el doctor William Morton para determinar la posible influencia sobre las personas de la radiación emitida por las emisoras de FM, en relación a casos de leucemia en los habitantes de Oregón. Este estudio llegó a la conclusión de que el número de casos de leucemia se elevaba conforme aumentaba la radiación de FM. La EPA (Agencia Federal de Protección Medioambiental de EE.UU.) financió este estudio, pero decidió, ante tan espectaculares descubrimientos, en hacerlo público e ignorarlo. Sin embargo, estos resultados fueron confirmados en 1986 por los doctores Bruce Anderson y Alden Henderson, en Honolulú.

Selvin comprobó en 1992 que los campos electromagnéticos provocados por las emisiones de las antenas de retransmisión del monte Sutra sobre la bahía de San Francisco, tenían una relación directa con la elevada tasa de cánceres en niños en un radio de un kilómetro alrededor de las antenas, siendo los casos de cáncer cerebral los más abundantes. Asimismo, encontró una relación directa entre la dosis recibida y una respuesta muy significativa en todos los tipos de cánceres encontrados, especialmente en los tumores cerebrales.

Haider realizó en 1993 un estudio sobre una serie de manifestaciones de síntomas psicovegetativos que surgen en las personas expuestas a radiofrecuencias a pesar de que los valores de exposición estén por debajo de los valores límite legales actuales de exposición.

Distintos estudios siguieron comprobando un incremento del riesgo de padecer leucemia en niños que vivían cerca de antenas de radio y televisión. Uno de estos estudios epidemiológicos, realizado en 1994 por Maskarinec, evidenció un aumento significativo en los casos de leucemia en niños que residían en viviendas cercanas a las antenas emisoras de radio Hawái.

En Vernar (New Jersey, EE.UU.), población con 25.000 habitantes, el índice de casos de síndrome de Down se elevó en un 1.000%, con respecto a la media del país, achacándose estos efectos al gran número de emisoras de radio que existían en el pueblo.

En 1995, Abelin encontró que en las cercanías de una estación de radio de onda corta en Swarzenburg (Suiza) se producían problemas de insomnio y depresiones en mayor número que en zonas no afectadas por las radiofrecuencias.

Alpeter en 1995 realizó un estudio, Schwarzenburg Study, en el que encontró que en exposiciones agudas y crónicas a las ondas cortas de la radio se producían alteraciones del sueño en función de la dosis recibida. Asimismo encontró que había una clara correlación directa entre el insomnio y la disminución de la secreción de melatonina. Una prueba definitiva fue que con la suspensión de las emisiones de radio se restablecieron los valores normales de melatonina. Los investigadores concluyeron que había una relación causal entre la alteración del sueño y la exposición a las radiofrecuencias.

El trabajo de Hocking, publicado en 1996 en la “Revista Médica de Australia”, comparó municipios cercanos a antenas de radio y televisión con otros lejanos. En él se puso de manifiesto no sólo un aumento significativo de casos de leucemia en niños, sino, asimismo, en adultos, y una mayor mortalidad en los habitantes cercanos a las antenas emisoras de radio y televisión en North Sydney.

Un grupo de investigadores británicos informó de un incremento de leucemia y linfoma en adultos y niños alrededor de la antena de alta potencia de una emisora de radio de FM y de televisión. H. Dolk y G. Shaddick investigaron la existencia de un agrupamiento de leucemia y linfoma cerca de una antena emisora de alta potencia de radio y de televisión situada en Sutton, Coldfield (Reino Unido). El estudio, publicado en 1997 en la “Revista Americana de Epidemiología”, demuestra que la incidencia de leucemia en adultos y cáncer de piel era mayor de lo espe rado en un radio de dos kilómetros de las antenas, y que la incidencia de estos cánceres disminuía conforme aumentaba la distancia. Detectaron hasta nueve veces más casos de leucemia en personas que vivían cerca de la antena emisora de Sutton Coldfield, y en las zonas alrededor de otras veinte antenas se encontró asimismo un significativo aumento del riesgo de padecer leucemia. Estudios australianos también encontraron un incremento de casos de leucemia y de mortalidad en la población cercana a antenas de radio y televisión.

En un estudio realizado en los alrededores de la radio del Vaticano se encontró que la mortandad entre adultos por leucemia se había elevado en un radio de seis kilómetros y que se daba un elevado índice de casos de leucemia infantil. El estudio, publicado en el American Journal of Epidemiology en el año 2002, determinó que el riesgo de leucemia infantil era mucho más elevado que el esperado en un área de seis kilómetros alrededor de las antenas y que disminuía significativamente al aumentar la distancia.

Orjan Hallberg y Olle Johansson realizaron en el año 2002 un estudio sobre la evolución del cáncer en el siglo veinte, titulado Cancer Trends During the 20th Century. En sus resultados se comprueba que en los Estados Unidos, Suecia y otros países las tasas de mortalidad por melanoma de piel y cáncer de vejiga, próstata, colon, mama y pulmones estaban estrechamente relacionadas con el nivel de exposición pública a ondas de radio. Comprobaron que había una correlación entre el aumento de la transmisión de radio en una localidad determinada y el aumento de algunas formas de cáncer. De la misma forma, cuando dicha transmisión de radiofrecuencias disminuía, también lo hacían esas formas de cáncer. Finalmente hicieron un descubrimiento que en cualquier otra circunstancia con respecto a la enfermedad silenciada hubiese dado la vuelta al mundo, pero que en este caso apenas ha tenido repercusión en los medios de comunicación.

En todos los países que estudiaron y en todas las regiones de Suecia se daba un mismo fenómeno estadístico: la exposición a radiofrecuencias era un factor tan decisivo en el desarrollo del cáncer de pulmón como el hecho de fumar tabaco.

Si esto en sí ya es un problema sanitario de enormes repercusiones, apenas es la punta del iceberg en una situación que ha ido creciendo exponencialmente desde entonces. De un número de miles de antenas de radio hemos pasado a centenares de miles de antenas de telefonía, de wifi, etc., así como miles de millones de teléfonos móviles, ordenadores, teléfonos inalámbricos, etc., que hacen que el fondo electromagnético actual sea miles de veces mayor que el de hace unas décadas, y buena parte de esa elevación se ha producido en la última década.

A pesar de todo ello, no se ha tomado ningún tipo de medida paliativa o de protección de las poblaciones afectadas que viven cerca de antenas de radio y televisión.


El radar

El radar es un sistema para descubrir la presencia y situación de objetos a distancia, empleando ondas electromagnéticas. Mediante impulsos radioeléctricos de frecuencia muy elevada, el radar permite establecer la posición, la velocidad e incluso las características de un objeto. Emite haces de microondas en una determinada dirección por medio de una antena, y recibe el eco que generan al reflejarse en un objeto. Calculando el tiempo que tarda la señal en regresar a la antena, se puede establecer su posición.

Las emisiones de radar para poder establecer contacto con aviones, barcos, torres de control, etc., se trasladan a grandes distancias de cientos de kilómetros por lo que deben usar elevadas potencias. Los radares emiten radiaciones de microondas de forma direccional con frecuencias entre unos 1.000 y 9.000 MHz, y potencias que van desde unos 100 vatios hasta decenas de kilovatios. Una de las claves para considerar los riesgos es que el radar esté situado de forma que se pueda ver desde la vivienda; en este caso el riesgo de que las radiaciones que emite lleguen con valores altos es mayor.

El radar empezó siendo utilizado en el ámbito militar, pero posteriormente se ha sistematizado su uso en los aeropuertos y puertos marítimos, además de generalizarse en determinadas áreas militares, policía de tráfico, etc.


Estudios epidemiológicos sobre el radar

Daily en 1943 ya comprobó que los trabajadores expuestos a los radares tenían un aumento estadísticamente significativo de glóbulos rojos inmaduros.

En la década de los años 50, investigadores rusos estudiaron a miles de trabajadores de radares que habían estado expuestos a microondas. Ante las múltiples evidencias de los efectos de las microondas de los radares en un gran abanico de enfermedades, se establecieron límites estrictos de exposición, tanto en trabajadores como en la población en general. Como se trababa de una enfermedad ocasionada por la exposición a microondas la llamaron “la enfermedad de las microondas”, cuyos primeros síntomas son presión baja y pulso lento, posteriormente comprobaron un mayor índice de excitación crónica del sistema nervioso simpático (síndrome de estrés) y presión alta, dolor de cabeza, mareos, dolor de ojos, insomnio, irritabilidad, ansiedad, dolor de estómago, tensión nerviosa, incapacidad de concentrarse, pérdida de cabello, apendicitis, cataratas, problemas reproductivos y cáncer, crisis de agotamiento adrenal y enfermedades cardiacas: bloqueo de arterias coronarias y ataques al corazón, etc.

A mediados de los años sesenta del siglo pasado comenzaron a constatarse científicamente la existencia de efectos y síntomas en los trabajadores militares expuestos crónicamente durante varios años a las hiperfrecuencias. En los años sesenta, la marina norteamericana construyó un complejo de gigantescas antenas en Wisconsin, para mantener la comunicación con su flota. Ante el proyecto para la construcción de una nueva fase de antenas en una zona más amplia, y tras recibir el rechazo de la opinión pública para su realización, la marina decidió hacer una serie de estudios para determinar la repercusión sobre las cosechas, los animales y las personas.

Una de las conclusiones más alarmantes de este múltiple estudio, fue la presentada por el doctor Dietrich Beischer, del Naval Aerospace Medical Research Laboratory, en Florida. Beischer trabajó con voluntarios, sometiéndolos a campos iguales a los producidos por las antenas de la marina durante un solo día, encontrando que los valores de triglicéridos en la sangre aumentaron de forma significativa. Es sabido que los triglicéridos relacionados con el metabolismo de lípidos y colesterol aumentan con el estrés. A raíz de esto, se controlaron los valores del personal que trabajaba con la antena, y en todos los operarios se encontraron elevados índices de triglicéridos, fenómeno que incide en la aparición de afecciones coronarias o apoplejía. Los triglicéridos constituyen la mayor parte de las grasas neutras, y son el principal componente de los depósitos de grasas en las células de los organismos de animales vertebrados.

En relación al radar, uno de los grupos de mayor riesgo es el de los operadores. En ellos, se han detectado trastornos como: cefaleas, mareos, vértigos, irritabilidad, cansancio general y ocular, etc., que incluso per duran días después de cesar la exposición. Los estudios realizados sobre operadores de radar, celadores telefónicos y otros trabajadores expuestos a radiaciones de alta y baja frecuencia, indican porcentajes de cáncer más elevados que la población laboral media.

En 1980, Robinette y sus colaboradores realizaron un estudio denominado Korean War Study sobre 40.000 marinos, encontrando una relación causal entre el tiempo de exposición, la dosis recibida de microondas de radar con la tasa de mortalidad y cánceres respiratorios. Gary Poynter, del National Fraternal Order de Estados Unidos, realizó un estudio en cuyos resultados se observó un elevado aumento de casos de cáncer entre los oficiales de policía después de haber estado expuestos a radiaciones de microondas procedentes de las pistolas de radar.

Los oficiales reconocen que el elemento común que une a todos los afectados, es el uso de pistolas manuales de radar. Poynter, por su parte, afirma que el elevado riesgo de padecer cáncer testicular entre estos policías, se debe a que apoyan estas pistolas en sus regazos, siendo los testículos una de las partes del organismo más sensibles a las radiaciones electromagnéticas. A consecuencia de las investigaciones —cuyas conclusiones implican a las radiaciones como inductoras de cambios en las células expuestas, incluyendo su evolución a tumores malignos—, el Estado de Connecticut (EE.UU.), prohibió el uso de pistolas de radar entre los oficiales de policía.

En 1983, unos técnicos que trabajaban en un radar que se activó inesperadamente, se encontraron en un gigantesco horno de microondas. Algunos de ellos fueron hospitalizados, presentando síntomas de agotamiento, náuseas, vómitos, pérdidas de memoria, dolores de cabeza, etc. Posteriormente, siguieron necesitando tratamiento sanitario, debido a sus constantes trastornos. En esta misma línea de riesgo, técnicos de radar del ejército sueco expuestos a altos niveles de microondas, presentaron daños cerebrales y la aparición de una proteína poco frecuente en su médula espinal.

Por su parte, la doctora Cornelia O´Leary, del Colegio Real de Cirujanos, comprobó un número inusualmente elevado de casos de muertes súbitas en niños, en un radio de 12 kilómetros alrededor de una potente estación militar de radar. Este tipo de fallecimientos resulta inexplicable dentro de los conocimientos de la medicina convencional.

En los años noventa se hizo un gran número de investigaciones sobre el radar. En 1990, Goldoni encontró que los trabajadores expuestos a la radiación de radar tenían niveles significativamente más bajos de leucocitos y glóbulos rojos. Garaj-Vhrovac en 1990 encontró que el personal de reparación de radares de control de los aeropuertos sufrió aberraciones cromosómicas después de haber sido accidentalmente expuestos a las radiaciones emitidas por los radares. Poco antes habían encontrado alteraciones en el ADN debido a la exposición a radiofrecuencias, al igual que D’Ambrosio poco tiempo después.

Dosis cortas pero elevadas, tal como sucede en trabajadores o por accidente, pueden ocasionar, años después, aberraciones cromosómicas, debido a su efecto acumulativo. En este ámbito encontramos los trabajos de Maes en 1993 y en 1995 que describen las alteraciones en los linfocitos de operarios de antenas de radar, y los de Balode en 1996 con bovinos expuestos a este tipo de microondas de radar.

En un estudio realizado en Letonia se ha evidenciado que los niños que vivían en las proximidades de una estación de radar padecían un índice mayor de déficit de atención, trastornos de la función motora, de la memoria y del tiempo de reacción.

La doctora Adamantia Fragopoulou y el profesor Lukas Margaritis del Departamento de Biología Celular y Radiobiología de la Universidad de Atenas en Grecia encontraron las causas de estos mismos trastornos cognitivos en ratones sometidos a dosis similares de radiaciones electromagnéticas.

Los investigadores comprobaron alteraciones dañinas en proteínas del cerebelo, lóbulos frontales e hipocampo, y el mismo estudio relaciona estas alteraciones proteicas con trastornos cognitivos: fallos en la memoria de reconocimiento, en la espacial y en la memoria de trabajo, dificultades en la consolidación y recuperación de la información, etc. Davis y Mostofi en 1993 encontraron un aumento de casos de cáncer de testículo entre los agentes de policía que usaban radares para el control de velocidad, al igual que Finkelstein en 1998 de cáncer de la piel de testículo y de melanoma.

La exposición a la que estaban sometidos los policías estaba por debajo de la legislación vigente en relación a las radiofrecuencias, pero por encima de lo reconocido como límite de riesgo en el ámbito científico. A principios de siglo, Richter encontró un aumento de diferentes formas de cáncer: melanoma del ojo, cáncer de mama, nasopharyngioma testicular y linfoma no-Hodgkin en los técnicos de radares de la policía canadiense. Además comprobó que se trataba de una forma muy agresiva de cánceres ya que los períodos de latencia entre la exposición y el diagnóstico eran muy breves.

En esta misma línea de investigación, Van Netten, en 2003, propuso que el posible vínculo entre los diferentes tipos de cáncer (incluyendo los testículos, cuello uterino, colon, piel, melanoma, leucemia y linfoma) era el uso de radar de la policía de tráfico.

La investigadora Tikhonova en 2003 encontró que entre los operarios del sistema de rastreo de un radar de aviación había un porcentaje más elevado de enfermedades cardiovasculares, y es bien sabido que el corazón mantiene su actividad rítmica en base a un flujo constante de corriente eléctrica, que puede ser alterado por un campo electromagnético exterior.

Finalmente, en el año 2009, Garaj-Vrhovac comprobó que el daño detectado en el ADN de los trabajadores de instalaciones de radar era casi tres veces mayor, en comparación con otros trabajadores no expuestos. Weyandt también comprobó que en los trabajadores expuestos a los radares se daba un menor número de espermatozoides y de esperma/eyaculación.


Antenas de telefonía móvil

La telefonía móvil utiliza distintas frecuencias que oscilan entre los 800 MHz y los 3.000 MHz (3 GHz). En esas frecuencias encontramos el horno microondas que emplea la frecuencia de 2.450 MHz, y cuyos efectos perjudiciales fueron estudiados muchos años antes de la aparición de la telefonía móvil, y por ello se obligó a los fabricantes de hornos microondas a apantallar el cristal para evitar la fuga de radiaciones que se sabía eran perjudiciales para la salud. Sin embargo, todos estos estudios que llevaron a adoptar estas medidas de precaución fueron ignorados y silenciados ante la aparición de la telefonía móvil y el inmenso negocio que conlleva.

Hay varios tipos de antenas: GSM (900 y 1.800 MHz) y UMTS (800, 1.900 y 2.100 MHz). El sistema de telefonía móvil digitalizado tiene la onda portadora en la banda de los 900-1.800 MHz, y unos impulsos digitales de 217 hercios, con unos picos de intensidad muy alta. Es decir, la señal de la telefonía móvil es pulsante: el teléfono y la estación base emiten a pulsos o intervalos de 217 veces por segundo. Esta frecuencia interfiere con las corrientes alternas de parte de nuestros “circuitos”, cuyas frecuencias van desde 150 a 300 hercios. Al ser transmisión digital, se hacen cortes de la onda portadora casi instantáneos por lo que aplicando la ley de Faraday, se inducen corrientes eléctricas de más voltios que las provocadas por la telefonía analógica.

De ello podemos deducir que nuestro organismo está sometido no a una presión continua sino a un golpeteo intermitente que interfiere notablemente en su funcionamiento. Es en estos impulsos que el organismo recibe, en donde radica parte de los efectos nocivos de las microondas de la telefonía: las radiaciones pulsantes son más dañinas que las continuas. La emisión de radiaciones en el entorno de las antenas es constante y emplea mayor o menor potencia dependiendo del número de móviles conectados. Es decir, a mayor consumo, mayor potencia.

La intensidad de campo suele medirse en voltios por metro (V/m), y la densidad de potencia en vatios por metro o por centímetro cuadrado con sus correspondientes subdivisiones: mili, micro, nano o picovatio. Personalmente abogo por usar la densidad de potencia ya que es más fiable como valoración de la dosis recibida por los organismos vivos. Así mismo es mejor emplear el nanovatio, pues de esta forma se utilizan valores enteros. Si empleamos los milivatios, para determinar el valor máximo recomendado en Salzburgo hablaríamos de 0,00001 mW/cm2. De esta for ma da la sensación de una medida en apariencia insignificante. Creo que, en este caso concreto, es más adecuado hablar de 100 nanovatios/cm2. Estos valores corresponden a la cantidad de energía en forma de ondas que se traslada en el espacio desde una determinada fuente emisora. Pero además hay que tener en cuenta que los efectos biológicos se relacionan con la cantidad de esta energía que radia un emisor y que es absorbida por el organismo.

Debido al exponencial aumento de usuarios de teléfonos móviles y de internet sin cable en cualquier lugar, las necesidades de mayor cobertura se ha incrementado con la implantación de más antenas, especialmente de las UMTS, que, según distintos estudios realizados, son mucho más preocupantes que las ya de por sí peligrosas GSM. Aunque existen antenas omnidireccionales, que emiten por igual en todas direcciones, las antenas de telefonía móvil suelen emitir la radiación de forma direccional, con un lóbulo principal que puede abrirse hasta 120 grados. Suelen ponerse varias antenas con diferentes orientaciones en un mismo lugar, con lo que consiguen cobertura en todas las direcciones que la compañía desea cubrir para dar servicio a los usuarios, que generalmente es de 360 grados.

Las distancias y las densidades de potencia consideradas por determinados organismos sólo protegen de la energía generada en cuanto a sus efectos térmicos sobre los organismos pero en ningún caso de los efectos no térmicos. Por lo que las antenas emiten una energía que es especialmente elevada en sus proximidades y desciende conforme aumenta la distancia. En las zonas cercanas la radiación puede llegar a cientos de microvatios por centímetro cuadrado (μW/cm2). Dosis muy por encima de lo considerado desde el punto de vista científico como límite de riesgo. Si la potencia radiada es de 100 vatios a 10 metros de distancia se obtendrán 800 nW/cm2 (0,8 μW/cm2), y si es de 1.000 vatios 8.000 nW/cm2 (8 μW/cm2).

Las estaciones base y las antenas de telefonía se ubican estratégicamente para recibir la señal emitida por los teléfonos móviles, y lamentablemente cerca de viviendas y lugares públicos, donde se detectan elevados valores de radiación.

Una estación base suele contener varias antenas. El número y tipo de antenas depende de las necesidades y capacidad de cobertura de la ubicación de la estación base. Las antenas omnidireccionales suelen emplazarse en torres, ocupando el punto más alto de la estación. Las torres pueden, asimismo, contener antenas direccionales, que se sitúan en su mástil. También pueden encontrarse antenas directivas ubicadas en tejados o azoteas de edificios, formando empalizadas o adosadas a las paredes, configurando uno o más sectores.

El grado de incidencia de la dosis recibida es el resultado de múltiples factores: frecuencia (pues se ha demostrado que en diferentes frecuencias se dan distintas respuestas biológicas más o menos acusadas), la intensidad (a más intensidad, mayor efecto) y el tiempo de exposición (a más tiempo mayor efecto). La dosis recibida está en relación con la separación del organismo del foco radiante, así como de la orientación de éste (en caso de ser direccional), de la altura del foco emisor y de la modulación (continua o pulsante y del grado de pulsación en este caso).

Cada uno de los distintos focos emisores de radiaciones electromagnéticas participa en la radiación que se encuentra en un punto determinado dependiendo de la frecuencia y del tipo de señal (digital, analógica), de la potencia de emisión, de la distancia entre el foco y el punto medido y de los obstáculos situados entre ambos. Si hablamos de una antena de telefonía situada en lo alto de un edificio, teniendo en cuenta que la orientación de las viviendas sea la misma y de que no haya obstáculos con respecto a la antena, los pisos bajos recibirán menos radiación que los situados más altos. Asimismo, las zonas situadas frente a las antenas reciben los valores más elevados, pero los pisos que están situados debajo de las antenas también reciben valores muy importantes de radiación, que puede afectar a varias plantas.


Por todo ello debemos considerar que:
  • La contaminación electromagnética de una antena situada en lo alto de un edificio o en mástiles elevados se reduce conforme la altura es inferior.
  • La energía radiada disminuye de forma importante en función de la distancia y de la capacidad de absorción de los materiales que se interpongan en su camino de propagación.
  • Las radiofrecuencias traspasan las estructuras de los edificios en mayor o menor medida, dependiendo de las características físicas del obstáculo. Penetran con especial facilidad por las ventanas.
  • Las estructuras metálicas reflejan parcialmente las radiofrecuencias dependiendo de sus características, aunque también los objetos y las estructuras armadas pueden hacer el efecto antena y aumentar el problema en el interior.
Según datos de la Confederación de Asociaciones de Vecinos y Usuarios (CAVE) el 95% de las antenas de telefonía móvil instaladas en nuestro país están mal ubicadas y, por ejemplo, el 15% de las miles de antenas de telefonía de Madrid está situado sobre centros sanitarios, colegios y geriátricos.

Es un hecho que en el área cercana a las antenas el campo creado es elevado y su repercusión sobre la salud puede ser más preocupante, principalmente en los niños, ancianos y enfermos que son mucho más sensibles a sus efectos.

Hay que advertir que los obstáculos (edificios, montañas, etc.) pueden reducir las dosis de las radiaciones que producen las antenas de telefonía móvil, de televisión y radio, pero no las de líneas eléctricas y otros focos de bajas frecuencias.

En relación a las radiofrecuencias, las zonas más sensibles de un edificio son las ventanas, aun estando un cristal convencional por medio la reducción que supone es de unas tres a cinco veces menor que el apantallamiento que realiza una pared típica de cemento ciega o una de ladrillo. Dentro de una misma vivienda, las dependencias interiores recibirán menos radiación que las exteriores, al igual que las que tengan pequeñas ventanas o ninguna que las que tengan grandes ventanales. Hay que tener en cuenta que la radiación electromagnética desaparece al momento de desconectar la fuente emisora, lo cual sucede con un aparato eléctrico o un teléfono móvil pero no con las antenas o las líneas eléctricas que emiten continuamente.

La contaminación cerca de una antena de telefonía es elevada y continua. También lo es la provocada por un teléfono móvil cuando está en funcionamiento. De cualquier forma, usar un teléfono móvil es opcional y una vez informados de los riesgos se puede decidir si se desea exponerse a la radiación que genera o no.

Aunque hay que considerar que también hay usuarios pasivos, al igual que hay fumadores pasivos, pues la radiación que emite el móvil puede llegar hasta decenas de metros alrededor del teléfono, afectando por tanto a otras personas. Sin embargo, actualmente, no es posible decidir si se quiere o no que las radiaciones de una antena invadan nuestra vivienda y nuestro organismo. Las personas que viven cerca de antenas de telefonía móvil reciben una dosis continuada durante 24 horas diarias y no tienen ninguna opción de decidir si quieren o no irradiarse.


Picoantenas

Este tipo de pequeñas antenas se ubica estratégicamente para dar cobertura en zonas de sombra; es decir, donde la radiación de las antenas base no llega con suficiente potencia, y las compañías las instalan camufladas en fachadas y letreros de comercios para eludir los permisos de las comunidades de propietarios y la autorización de los ayuntamientos y así emitir en muchos casos de forma clandestina sin ninguna clase de control. Las compañías las mimetizan con el mobiliario urbano, las fachadas y balcones donde las colocan llegando a contaminar las viviendas y locales cercanos y las calles donde están ubicadas.

Existe una amplia variedad de modelos, formas y tipos de picoantenas, unas parecen cajetines, otras están ocultas en el interior de letreros de comercios.

Los puntos de colocación masiva es donde hay un gran flujo de posibles usuarios andando por las calles, especialmente las que son estrechas o pequeñas plazas de los cascos viejos, así como en el interior de grandes superficies comerciales incluyendo los garajes. Debido a su camuflaje suelen pasar desapercibidas, sin embargo, muchas asociaciones de vecinos buscan con aparatos medidores estas antenas para denunciarlas y que cesen su descontrolada emisión que resultan especialmente dañinas por su cercanía a las personas.

La “caza” de picoantenas se ha convertido en una práctica común en muchas poblaciones para poder denunciar su clandestina y contaminante presencia. Así los ciudadanos comprometidos con la defensa de los derechos de la población emprenden una tarea que debería corresponder a las autoridades municipales en sus competencias sobre salud.

Otras muchas picoantenas están siendo desmanteladas voluntariamente por parte de los propietarios de los comercios donde han sido instaladas por las compañías de telecomunicaciones.

Hay medidores de microondas relativamente baratos que nos pueden servir para detectar este tipo de antenas u otras. Para poder localizarlas con más seguridad, la antena del aparato debe de ser preferentemente direccional. Una vez localizada la picoantena hay que denunciarla en el ayuntamiento, el juzgado o en los medios de comunicación locales.

Los efectos de las radiaciones electromagnéticas y más concretamente en las frecuencias de microondas están bien establecidos en la investigación científica. Además de la epidemiología, como veremos, existe un amplio abanico de investigaciones in vitro y con animales que sustentan la tesis de que la exposición a radiofrecuencias tiene, entre otros, un efecto cancerígeno.


Estudios epidemiológicos sobre antenas de telefonía móvil

Los efectos biológicos que producen las microondas se pueden dividir en térmicos y atérmicos. Se ha comprobado reiteradamente que usando potencias no térmicas, el efecto biológico de la radiación pulsante es muy superior al efecto que produce la radiación emitida de forma continua. Es como si el organismo fuese capaz de adaptarse mejor a un campo continuo que a uno pulsante.

Además de que las antenas de telefonía digital emiten un campo magnético alterno, éste es especialmente elevado en sus proximidades y desciende conforme aumenta la distancia. En las zonas cercanas la radiación puede llegar a cientos de microvatios por centímetro cuadrado (μW/cm2). Dosis muy por encima de lo considerado desde el punto de vista científico como límite de riesgo.

Según datos estadounidenses, en las primeras semanas de funcionamiento de una estación base de telefonía móvil, los hospitales confirman un aumento inmediato de enfermedades respiratorias como bronquitis, pneumonía, asma e incluso gripe, los servicios de urgencia tienen una mayor afluencia y un alto porcentaje de las personas que viven en las inmediaciones de antenas de telefonía móvil se quejan de vértigos, nauseas, falta de memoria y de concentración, irritabilidad, tensión alta, presión en los ojos, dolores en las articulaciones y en la planta de los pies o de zumbidos en los oídos.

Con el agravante que las compañías van elevando la intensidad de sus emisiones progresivamente, y conforme la tecnología va evolucionando el fondo de microondas aumenta.

El epidemiólogo J. R. Goldsmith ha reunido pruebas de que la exposición a radiofrecuencias está asociada con mutaciones, defectos de nacimiento y cáncer. Goldsmith argumenta que los estudios epidemiológicos “sugieren que la exposición a radiofrecuencias es potencialmente cancerígena y tiene otros efectos en la salud”.

Precisamente, los estudios epidemiológicos realizados hasta la fecha en las proximidades de antenas emisoras de microondas avalados por los estudios de laboratorio, indican los siguientes trastornos y síntomas en las personas expuestas a radiofrecuencias: astenia, fatiga, irritabilidad, cefalea, nauseas, anorexia, estrés, nerviosismo, pérdida de reflejos, déficit de atención, trastornos de la función motora, de la memoria y del tiempo de reacción, problemas de aprendizaje o hiperactividad, alteraciones del ritmo cardiaco y de la presión arterial, palpitaciones, somnolencia, insomnio y trastornos del sueño, alteraciones sensoriales (disminución de la capacidad odorífera), alteración de las frecuencias cerebrales, ruidos y zumbidos de oídos, mareos y vértigo.

Una investigación realizada por una entidad alemana, la Sociedad Internacional para la Investigación de la Contaminación Electromagnética (IGEF), en 280 casas situadas en las cercanías de antenas de telefonía móvil, ha puesto de manifiesto que una cantidad significativa de personas que estaban viviendo en dichas casas desde hacía más de 10 años, al poco tiempo de instalar cerca de su casa dichas antenas empezaron a padecer –sin ninguna causa aparente— los siguientes trastornos de salud: dolor de cabeza frecuente, irritabilidad nerviosa, presión arterial alta, arritmias cardíacas, trastornos del sueño, mareos y bloqueos mentales.

En España un estudio ha mostrado una relación significativa entre la intensidad de la radiación y dolores de cabeza, náuseas, pérdida del apetito, malestar, trastornos del sueño, tendencias depresivas, fatiga, falta de concentración y mareos. El estudio epidemiológico presentado en 2004 sobre una población de 1.900 habitantes en La Ñora (Murcia), por el doctor Gómez-Perretta de la Universidad de Valencia ha puesto de manifiesto que los riesgos de padecer estos síntomas se elevan en las personas que viven cerca de antenas de telefonía móvil. Otros estudios anteriores, como los de Santini y los de Hutter en 2002, llegaron a conclusiones similares.

El investigador Santini informó en el año 2002 de síntomas en personas que viven a una distancia de hasta 300 metros alrededor de estaciones base de telefonía móvil. Santini en Francia comprobó una relación significativa entre determinados síntomas y la distancia a antenas de telefonía móvil:
  • A menos de 100 metros: irritabilidad, depresión, mareos.
  • A menos de 200 metros: dolores de cabeza, insomnio, inapetencia, problemas de piel.
  • A menos de 300 metros: fatiga.
De cualquier forma, la distancia de una antena, sea la del teléfono móvil o la de una antena base, no es un elemento de seguridad. Cada antena trabaja con una potencia distinta, además de que las compañías pueden libremente subir la potencia cuando se les antoje para dar más cobertura. En estudios realizados en Austria se llegó a la evidencia significativa de la relación entre la intensidad de la radiación y problemas cardiovasculares. En 2004, otros estudios científicos relacionaron la exposición de la población situada en el entorno de antenas de telefonía con un incremento de casos de cáncer. En un estudio israelita, Wolf y Wolf encontraron un incremento del 400% de casos de cáncer en un área de 350 metros alrededor de una antena de telefonía móvil.

El científico alemán Horst Eger encontró que el riesgo de contraer un cáncer se elevaba en más de un 300% en un radio de 400 metros alrededor de antenas de telefonía situadas en las cercanías del pequeño estado del sur de Alemania de Naila, que comenzaron su actividad en 1993: “El resultado del estudio muestra que la probabilidad de que aparecieran nuevos casos de cáncer era significativamente mayor en los pacientes que habían estado viviendo durante los últimos 10 años en solares situados a una distancia menor de 400 metros de antenas de telefonía móvil, las cuales habían estado operativas desde 1993 comparados con otros pacientes que habían vivido más alejados”. “En los años 1999-2004, después de cinco años de actividad de la estación base de telefonía móvil, el riesgo relativo de padecer cáncer se había triplicado entre los residentes de la zona más próxima a la estación base comparándola con los habitantes que habían residido en la zona exterior”.

Otro estudio confirma el aumento de enfermos de cáncer en la población local por las radiofrecuencias emitidas por antenas de telefonía móvil. Los casos de cáncer en un radio de 200 metros de una estación base de telefonía móvil cerca de Graz en Austria aumentaron significativamente, tal como comprobó el médico ambiental de Salzburgo, el doctor Gerd Oberfeld en un estudio realizado por el Departamento de Salud de la ciudad de Steiermar en el año 2005.

H. P. Hutter (Austria, 2006) realizó un estudio sobre 365 personas que vivían más de un año cerca de estaciones de base de telefonía móvil. Entre otros efectos adversos encontró una relación significativa de algunos síntomas siendo el más elevado el dolor de cabeza entre las personas expuestas. Ese mismo año, Abdel-Rassoul del Departamento de Medicina, de la Facultad de Medicina de la Universidad Menoufiya, Shebin El-Kom, de Egipto encontró una prevalencia de trastornos neuropsiquiátricos como dolores de cabeza (23,5%), desórdenes de la memoria (28,2%), trastornos del sueño (23,5%), síntomas depresivos (21,7%), mareos (18,8%) y temblores (9,4%), que fue significativamente mayor entre la población expuesta que en los controles.

La pretensión por parte de las operadoras y organismos allegados de realizar estudios epidemiológicos que dentro de unos años clarifiquen los riesgos a los que está sometida la población está prostituida de antemano. En primer lugar porque se deja a la población expuesta durante años a unas radiaciones que se sabe son perjudiciales, dilatando de esta manera el problema en el tiempo. En segundo lugar conforme ha ido avanzado el tiempo, y toda la población de los países industrializados ha sido expuesta a radiaciones de microondas es cada vez más difícil obtener resultados, pues todas las personas, en mayor o menor medida, han recibido unas dosis que hace imposible encontrar poblaciones de control no expuestas. Con lo cual los resultados se diluyen al haber grupos más afectados y otros menos afectados, pero ninguno libre de riesgo por lo que los índices de peligro se reducen impidiendo que sean aún más significativos de lo que en estas circunstancias ya muestran.

Aun así, el doctor Khurana y su equipo de investigación del Departamento de Neurocirugía del Hospital de Canberra de la Universidad en Australia, revisaron los estudios epidemiológicos más relevantes en relación a las antenas de telefonía móvil y concluyeron que las poblaciones que viven a menos de 500 metros de estaciones base de telefonía móvil tienen mayor prevalencia de síntomas adversos neuroconductuales o de cáncer.

Una sentencia de un juzgado de Frankfurt, que luego ampliaremos, indica a este respecto que: “Los estudios pertinentes son prácticamente irrealizables porque debido a que actualmente en todas partes existe una densa red de estaciones base de telefonía móvil, ya no es posible hallar una población no irradiada que sirva como grupo de contraste”. Es importante que los médicos sean conscientes de los riesgos de los campos electromagnéticos en la salud para poder diagnosticar los síntomas y patologías relacionadas con la exposición humana. Ciertamente, algunos empiezan a certificar que los trastornos de determinados pacientes han sido producidos por una antena concreta de telefonía móvil que se encuentra cerca de su vivienda y que estos problemas de salud disminuyen o incluso desaparecen cuando el paciente va a otro lugar en donde la dosis de radiación que recibe es menor y que sus síntomas se reproducen cuando de nuevo regresa al domicilio irradiado.

Los resultados de estos estudios son una prueba epidemiológica de la relación entre el tiempo de exposición y la distancia (por tanto de la dosis recibida) a antenas de telefonía móvil y a distintas enfermedades, especialmente el cáncer.

La adopción de medidas urgentes de protección de la salud de la población más expuesta a fuentes de radiaciones no puede ser postergada por más tiempo.

La Junta Escolar de la ciudad de Vancouver aprobó en el año 2005 una resolución prohibiendo la instalación de antenas de telefonía móvil en un radio de 300 metros de los centros escolares. Igualmente muchas otras ciudades a lo largo de todo el mundo están adoptando medidas similares de alejamiento de las antenas de las escuelas y otros lugares habilitados..



Extraído del libro:
 
"La enfermedad silenciada"
Raúl de la Rosa
Responsable de Contaminación electromagnética
Fundación Vivo Sano

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